jueves, 14 de marzo de 2019

Una interpretación del proceso de constitución de Santander como provincia independiente

Recreación, construida en 1994, de la antigua Casa de Juntas de los Nueve Valles, institución que la visión más convencional considera el antecedente de la provincia de Santander y de la Región de Cantabria.


“Hablar de Cantabria, refiriéndonos al periodo comprendido entre finales del siglo XV y muy comienzos del de XIX, es hacerlo de una entelequia, ya que continuaba sin ser una realidad ni de hecho ni de Derecho. Lo que hoy llamamos Cantabria se denominaba comúnmente en esa época, sobre todo a pa
rte del siglo XVI, “Montañas de Santander” “Montañas Bajas de Burgos” “Peñas al Mar” o “reductivamente “La Montaña”, cuyos límites territoriales tampoco coincidían con los actuales de la región."
De la Montaña a Cantabria. La construcción de Una comunidad Autónoma.

Desde Verdades de Merindades no queremos objetar la legitimidad de la constitución del territorio al norte de la cantábrica burgalesa primero como provincia de Santander y posteriormente como Comunidad Autónoma de Cantabria. Sí queremos manifestar en todo caso que para nosotros este hecho tiene un origen eminentemente moderno (no anterior al siglo XVI) y práctico, como parte de un proceso natural en el que lo lógico era que este territorio fuese administrado de forma independiente respecto al del sur de la cordillera.

En línea con lo que acabamos de comentar, nos gusta menos que se haya hecho tanto hincapié en ese territorio en buscar reminiscencias ancestrales diferenciadoras respecto a los habitantes del entorno, aun cuando veamos cómo ese proceso tiene paralelismo en muchas otras regiones cuyas élites quieren consolidar una justificación de una identidad regional en beneficio de sus propios intereses.

En todo caso, y aunque creemos que las derivas “cantabristas” son en realidad un intento de argumentar la justificación de determinados privilegios, y que representan los primeros indicios del camino hacia un nacionalismo más desarrollado, nos serían más bien indiferentes si no incluyeran en su “película mental” la expansión hacia el norte castellano; aprovechándose de que sus habitantes nunca han mostrado especial interés en el desarrollo de su propio regionalismo (actitud esta que sería la más razonable en cualquier país que no fuera el nuestro).

Y es que este es un factor importantísimo a la hora de abordar el debate de fondo histórico que subyace en esta página: La supuesta vinculación “cántabra” de los territorios del norte de Burgos. Con nuestra afirmación, queremos dejar claro que los orígenes de la conformación como territorio “mental” de la provincia de Santander son en todo caso posteriores a los correspondientes a los de las Merindades de Castilla Vieja y a los correspondientes a los de la provincia de Burgos.

No vamos a entrar aquí a analizar en detalle la figura de la Junta General de los Nueve Valles, en la que el discurso oficial regional quiere ubicar el germen de la provincia de Santander y de la región de Cantabria. Sin despreciar su importancia como antecedente de organización municipal (tampoco exclusiva, ya que como hemos visto en territorio burgalés tuvimos la Junta de las Siete Merindades de Castilla) queremos hacer constar no obstante que no llegó a tener un éxito definitivo en la agrupación de todo el territorio en torno a una única institución ya que las Juntas y Valles de la parte oriental de la provincia, y especialmente, la ciudad de Santander, nunca llegaron a confiar del todo en la viabilidad del proyecto.

Quizás este fracaso tenga que ver con otro aspecto que ya hemos apuntado con anterioridad; este tipo de Juntas no dejaban de ser una más de las figuras características del antiguo régimen, y entre sus fines principales estaba la defensa de las prerrogativas de la nobleza baja. A finales del siglo XVIII, los movimientos ilustrados y el desarrollo de la burguesía (que en Cantabria estaban representados por las villas costeras) empezaban a marcar un camino diferente. De hecho, y he aquí la clave, finalmente no será la Junta de los Nueve Valles, sino la pujanza de la ciudad de Santander, la que marcará el paso en el proceso de disgregación respecto a Burgos.

La documentación de la segunda mitad del siglo XVIII nos ofrece varios registros en los que se comprueba el frecuente malestar de Santander y sus comarcas de influencia en relación a dicha dependencia; y que este factor es el catalizador del proceso. Se elevan quejas contra la contribución para inversiones en las que la zona no lleva beneficio (como el puente de Miranda de Ebro o la carretera de Somosierra), contra la inoperancia del estado ante determinados problemas (bandidaje, inundaciones…) contra las levas de soldados…En el comprensible trasfondo está el alejamiento respecto a Burgos, y en los propios textos se alude a las montañas elevadísimas como principal impedimento y la mejora de los servicios públicos como principal argumento. La “esencia cántabra” apenas se menciona, y nunca es el argumento determinante.

En 1799 por Real Decreto se crea la provincia marítima de Santander. Inicialmente nace en el ámbito de recaudación fiscal, aunque en las siguientes décadas, durante los periodos constitucionales, se irá consolidando hasta formar una provincia propia. Aunque suprimida temporalmente pocos años después, será reconstituida por Real Decreto en 1816. En el texto se aduce como justificación “la ventaja de los pueblos, la unidad del sistema, los intereses de mi real Hacienda y con los progresos de la industria y el Comercio”; objetivos estos que poco o nada tenían que ver con los de las Juntas seculares.

La iniciativa de creación de la provincia se estaba haciendo realidad, sí, pero no como consecuencia del trabajo de la Junta General de la provincia de Cantabria, sino fruto de la propia planificación estatal. La creación en 1799 de las nuevas provincias marítimas, entre ellas la de Santander, tiene una motivación fundamentalmente económica, pues realmente su creación responde a móviles fiscales, y más concretamente a la necesidad de mejorar el sistema recaudatorio. La propia lógica fiscal, económica política y hasta social explicaría que la nueva provincia creada “desde arriba” se denominara de Santander y no de Cantabria. Puente san Miguel y su junta serían ignorados completamente en este proceso.

Todo este movimiento mercantil y burgués representado por Santander y en menor medida, por Laredo sintonizaba con los intereses de la corona; y poco tenía que ver con aquella propuesta de “Provincia de Cantabria” que era una representación simbólica del mundo rural tradicional, de la prerrogativa, del antiguo régimen, en suma. Es más, tal vez la decisión tomada por Carlos IV de crear esta provincia marítima deba interpretarse en términos de recelos del poder central frente a esta institución, la provincia de Cantabria, de difícil compatibilidad con el fortalecimiento del Estado.

De hecho, los intentos que se hicieron desde la Junta de Nueve Valles para abarcar en torno a la misma todo el antiguo “solar montañés” acabaron en última instancia siendo totalmente infructuosos. La ciudad de Santander, y en general toda la parte este de la actual región mostraron numerosos recelos en el proceso. Santander, tras un alargado debate, obligó a su aceptación como capital para no abandonar la Junta.

Aun así, nunca se llegaría a la agrupación definitiva, e incluso parece ser que desde la constitución de la provincia marítima los diputados de la parte oriental de la provincia dejaron de asistir con frecuencia a las reuniones. Campoo, tradicionalmente orientada hacia el sur, ni siquiera quiso participar es ese proyecto de provincia de Cantabria propiciado desde Puente San Miguel, y sólo acabaría integrándose por la vía “oficial” en la última parte del proceso (a través del proceso de las cortes del gobierno de Riego). La propia Junta provincial de los Valles se acabaría extinguiendo de manera natural poco después.

No queremos ir mucho más allá, pues no es el objeto principal que nos ocupa, pero hay incluso autores actuales dentro de la propia Cantabria que muestran claramente su disconformidad con que aquella vetusta provincia de nueve Valles sea el germen de la Comunidad Autónoma Cantabria, pese a que los sectores más cantabristas y de la izquierda mal entendida hayan elevado el llamado “Día de las Instituciones” a festividad emblemática regional. En definitiva, no dudamos en afirmar que la actual región de Cantabria es heredera de la provincia de Santander, y no a la inversa.

En relación con lo que estamos comentando, creemos que a la hora de interpretar la germinación de lo que sería la posterior provincia de Santander no se le da suficiente importancia al proceso mediante el cual se creó la Diócesis de Santander, que en buena medida fue antecedente y catalizador del primero. No hay que olvidar que hasta época contemporánea todo lo que tuviera que ver con la iglesia tenía gran influencia en el devenir de la población, y los vínculos Iglesia-Estado fueron muy estrechos.

En el tomo dedicado a Burgos, Osma-Soria y Santander de la “Historia de las Diócesis Españolas” se realiza un detallado análisis del proceso al que hacemos referencia. En el mismo vemos que las motivaciones del mismo no fueron ni raciales, ni culturales, ni históricas…simplemente se trataba de argumentar que el enorme tamaño de la provincia y la lejanía de la ciudad de Burgos y su arzobispo (lejanía realzada especialmente por la cordillera intermedia) dificultaban enormemente una atención pastoral mínimamente eficiente. Tanto que las visitas, incluso las urgentes, se retrasaban muchos meses y las pastorales a las diferentes parroquias llegaban a distanciarse varias décadas; amén de otros inconvenientes que no citamos en este pequeño artículo.
Y así se comprueba en las diferentes peticiones e instancias de los prelados montañeses, instancias que comienzan nada menos que el siglo XVI, durante el reinado de Felipe II. La mención a los “inaccesibles montes” es habitual en estos documentos, y desde las primeras propuestas se trabajó con la idea que fueran los pueblos de “peñas abajo a la mar” los que conformaran la nueva diócesis. De hecho, fue el empeño en marcar este límite la principal causa de la integración en la nueva Diócesis del Valle de Mena. Al respecto entraremos algo más en profundidad en un artículo futuro.
Tras un largo proceso con avances y retrocesos, fruto de las disensiones entre las diferentes partes implicadas, y retrasos debidos a acontecimientos de diferentes características, el papa Benedicto XIV expediría el 12 de diciembre de 1754 la bula “Romanus Pontifex” por la que quedaba erigida la diócesis de Santander. En el impulso final tuvo sin duda gran protagonismo la rápida pujanza que experimentó la ciudad de Santander en esos años, y que analizaremos en un próximo artículo.
Otro aspecto muy importante, quizás el que más peso tuvo de todos, es el gran impulso que tuvo Santander y su entorno más cercano en aquellos años. La administración borbónica de la primera mitad del siglo XVIII decide dar un impulso definitivo a dos proyecto complementarios: el desarrollo del puerto de Santander y la modernización del camino entre dicha localidad y Burgos. En el trasfondo está el profundo malestar que produce la canalización del comercio exterior con Europa a través de Bilbao, como consecuencia de los fueros y el escaso beneficio que producía para la Corona dicho trasiego. Ambos proyectos sufren frecuentes altibajos, en buena medida debido a las trabas de los poderosos vizcaínos infiltrados en la administración, aunque acabarían finalmente fructificando. A medio plazo, la localidad de Santander será la más favorecida. Pasará de menos de 700 vecinos en 1743 a cerca de 3000 en 1768.
Algunos de los hechos relevantes serán la dinamización de sus ferrerías en La Cavada y Liérganes, la puesta en nueva explotación de la minas de hierro de Cabárceno, la potenciación del Real Astillero de Guarnizo, las nuevas fábricas de velas y jarcias que desembocaron en la construcción del gran puerto de Santander, la constitución de la diócesis separada de Burgos (1754), la concesión del rango de ciudad (1755) y la creación del consulado (1785). Todos estos factores la convertirán en un importante centro de desarrollo competidor respecto a Burgos, y favorecerán de manera natural que se vea cada vez con más recelo la dependencia respecto a la capital castellana.
Un incidente que tuvo lugar en 1762 da cuenta del ambiente enrarecido de la época: el alcalde mayor de Santander, Pedro Agustín de Mendieta, se niega facilitar la construcción de barracas para el regimiento de milicias de Burgos, viéndose obligados los soldados, incluso los más enfermos, a dormir a la intemperie. Conocedor Squilace del incidente, ordenará al intendente burgalés Joseph Joachin de Vereterra, que amonestase severamente a dicho alcalde Mayor.
Fuentes:
"Las Merindades de Castilla la Vieja en la Historia". Ayuntamiento de Medina de Pomar. 2007.
"Historia de Burgos. Edad Moderna". (Caja de Burgos). 1993.
"La población y el crecimiento económico de Cantabria en el antiguo régimen". Ramon Lanza. 1991.

"Historia de las diócesis españolas. Burgos, Osma-Soria y Santander". Bernabé Bartolomé Martínez. 2002.


“De la Montaña a Cantabria. La construcción de una comunidad autónoma”. Universidad de Cantabria. 1995.
“Historia de Burgos. Edad Moderna”. Caja de Burgos. 1993.
“Génesis Histórica de la provincia de Burgos y sus divisiones administrativas”. Gonzalo Martínez Diez. 1983.
“La provincia de Cantabria” Jose Luis Casado Soto. 1979.

lunes, 11 de marzo de 2019

El jueves de Todos

Valle de Mena desde la zona de Nava de Ordunte

Este jueves, el anterior al carnaval, también se llamaba “jueves lardero”; nombre derivado de “lardo”, denominación que se ha venido dando al tocino, y que equivale a graso o grasiento.
Dado que en la cuaresma se prohibía comer carne y condimentar las comidas con grasa de animales, era ese jueves Lardero la fiesta en que las comilonas pre-carnavalescas se hacían a base de los productos más grasientos que diesen fuerza para aguantas las “cuarentenas” o “carnestolendas” que ya amenazaban por el horizonte del calendario. Estas denominaciones vienen de muy atrás, y ya las recogía el Arcipreste de Hita en el Libro del buen Amor:
“estando a la mesa con Don Jueves Lardero, troxo a mí dos cartas un ligero trotero”.
La comida del Jueves de Todos la hacían los niños gracias a los donativos recibidos, y para ello aflojaban el sentimiento a base de canciones. La lista de pueblos de Burgos en las que los cantos petitorios de los niños han iluminado las caras de los mayores, a la vez que han aliviado sus bolsillos, sería interminable: Temiño, Buezo, Rubena. Eterna, Quintanalaloranco, La Bureba, la sierra de la Demanda, o todo el valle de Mena (el cual podemos contemplar en la imagen desde la zona de Nava de Ordunte).

¿Tenéis recuerdos del jueves de todos?

Los carnavales ancestrales burgaleses

Imagen del desaparecido "zarramoque" de Palazuelos de la Sierra según ilustración de Luiso Orte publicada en el libro "indumentaria burgalesa popular y festera". El libro surgió en parte de un trabajo de campo realizado en 1985 por el desaparecido servicio de etnografía de la Diputación de Burgos. Este libro ha servido también como fuente principal de información en la elaboración de este pequeño artículo

“Venía delante y haciendo anchura un hombre vestido de botarga o birria, con calzones de lienzo pintado; chaleco azul; ungarina amarilla, con jirones a trechos que descubrían forro encarnado; medias negras, zapatos blancos; con una máscara tan fea que atemorizaba a los muchachos y gentes poco versadas en ver figuras, y en el remate y cabeza hacían como divisa de corona tres cuernos, en la mano traía una espaldilla de componer cáñamo y con ella hacía tantos ademanes que apartaba a la chusma”

(extracto de un relato anónimo recogido en Boada de Roa en el siglo XVIII)
Si hay una fiesta del medio rural que tiene un carácter ancestral y pagano esa es sin duda la del carnaval, en sus diferentes formas. En efecto, muchas otras han sido paulatinamente sacralizadas por la iglesia, que en lugar de luchar contra el arraigo de las mismas las ha ido transformando en festividades religiosas de modo que poco a poco fuera cayendo en el olvido el origen primigenio. Pero el carnaval, por su propia esencia, es muy difícil de convertir en fiesta cristiana. La única opción era optar por su prohibición, o en su modulación mediante el rito de purificación del miércoles de ceniza y el posterior periodo de cuaresma. 

Así, para rastrear la esencia cultural secular de un territorio es un buen referente analizar los carnavales tradicionales que hayan podido pervivir. Pero como en el caso de otras festividades, creemos que no se pueden hacer asociaciones directas entre el hecho de que en una zona se hayan conservado más ejemplos de carnavales de corte “atávico” y la conclusión de que esa zona tuviese una cultura milenaria diferente a la de otras zonas cercanas. 

Si meditamos sobre el asunto, la explicación de porqué en unos lugares se conservan modalidades singulares de carnaval (y de otro tipo de ritos) y en otras no, puede estar en razones más bien prosaicas: la primera, que en zonas montañosas, y en general aisladas, las corrientes homogeneizadoras de la iglesia y sociedad convencional han llegado más tarde y con menos fuerza, y la segunda, que, dentro de estas zonas, las localidades que han resistido un poco mejor los embates de la despoblación han sido las que han logrado mantener ininterrumpida la “correa de la transmisión” de este patrimonio inmaterial.

Si observamos en un mapa los lugares en los que se conservan fiestas singulares cuyo origen se pierde en los siglos, vemos como en buena parte de los casos se pueden explicar con las sencillas razones que acabamos de apuntar, sin tener que recurrir por ejemplo, a extender la creencia de un noroeste peninsular diferenciado desde hace milenios del resto por su conexión con las culturas celtas del área británica. En definitiva, creemos que si nos pudiéramos retrotraer apenas dos o tres siglos veríamos un panorama en el que este tipo de ritos se mantenía en muchos más lugares de España y con generales similitudes entre territorios adyacentes.

En el caso de la provincia de Burgos nos encontramos con una situación que casa muy bien con lo que acabamos de comentar. Los pueblos que aún conservan carnavales tradicionales se cuentan con los dedos de la mano; curiosamente ninguno se sitúa en el norte de “esencia cántabra”, sino más bien en la zona de Tierra Lara o de “presierra” de la Demanda Burgalesa. ¿Significa esto que no había carnavales tradicionales en los pueblos aledaños o en el norte de Burgos?.

Nada de eso, si consultamos los registros de los etnógrafos, vemos que todas estas fiestas sufrieron un momento de crisis en la fase más aguda del despoblamiento rural, pero que en estos pocos casos hubo unas pocas personas clave que permitieron mantener la tradición o, al menos, dejar un registro de la misma que permitiera su recuperación posterior. Son los casos, por ejemplo, de Mecerreyes o Hacinas; y más cerca de nuestra comarca, Poza de la Sal u Oña.

En otras ocasiones, sencillamente, no existieron estas personas clave; pero el trabajo de los etnólogos ha permitido dejar constancia de que existieron estas costumbres. Son los casos de los valles de Manzanedo y Zamanzas (donde existieron festividades con ciertas similitudes a la ahora archiconocida y masificada Vijanera de Silió, en Cantabria) o Criales de Losa, por citar sólo dos ejemplos de nuestra comarca.

Y creemos que habrán sido unos cuantos más en los que el último conocedor de la tradición habrá fallecido sin que nadie haya podido dejar registro de la misma. Esta situación habrá sido más frecuente en lugares en donde la tradición hace más tiempo que se dejó de celebrar, y lógicamente esta circunstancia es mucho más habitual en comarcas más cercanas a la influencia de la ciudad.

Las fiestas de los Gallos

Fiesta del Escarrete de Poza de la Sal. Imagen de Pablo Puente.

Aunque hoy arrinconadas por efectos de la despoblación, la preocupante homogeneización de las fiestas populares y el lógico rechazo que produce en la actualidad el maltrato animal, lo cierto que las fiestas de los Gallos tuvieron relativa importancia en el pasado. Relacionadas probablemente con la fama del gallo como amante incansable y orgulloso; tanto Olmeda como Hergueta recogieron en sus respectivas recopilaciones de folclore de principios del siglo XX información al respecto.

Los registros etnográficos muestran diversas modalidades. Por ejemplo las damas acababan con el gallo en lugares cono Santa Inés, El Almiñé, Barbadillo del Mercado, Poza de la Sal… existe constancia de que en ocasiones era incluso los niños los que realizaban el macabro rito.

Las corridas de gallos eran otra modalidad. En las mismas el gallo era colgado de una cuerda y los jinetes trataban de arrancarle la cabeza. Así se hizo en Santa Cruz del valle Urbión, Villambisitia, Arenilla de Riopisuerga, Itero del Castillo o Castrillo-Matajudios. En Castrojeriz el gallo era colocado en lo alto de una cucaña.

Hoy afortunadamente las fiestas de los gallos se reducen a su contenido simbólico sin ningún maltrato al animal. Son los casos del Escarrete en Poza de la Sal o el Gallo de El Almiñé.

Fuente: "Cancionero popular de Burgos."

lunes, 25 de febrero de 2019

Tradiciones ancestrales burgalesas: los zamarrones, zarramacos, cachibirrios...

Imagen del Zamarro de Poza de la Sal. Tomada por Pablo Puente y publicada en el blog de Zález

"Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía, que venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don Quijote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas, y a dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión así alborotó a Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don Quijote, tomando el freno entre los dientes, dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron los huesos de su notomía.".
El Ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. Segunda parte.
Estamos hablando de esos peculiares personajes carnavalescos que en Cantabria se llaman moharracho, rabonero, zamarrón, zarramaco, zorromaco o zorromoco. En Palencia birria, botarga, chiborra, zamarrero o zamarrón, en Soria bobo, cachi o cachimorro, en La Rioja cachi, cachiberrio, cachibirrio, cachiburrio, cachimbao, zurramoscas o zurronero. En Burgos recibe diversos nombres como birria, birriero, bobo, cachiberrio, cachibirrio, cachiburrio, cachidiablo, cachimorraque, colacho, meco, tetín, tonto, vejiguero, zarragón o zamarraco.
Son personajes alegóricos relacionados fundamentalmente con los carnavales, aunque no siempre, pues frecuentemente han sido integrados en celebraciones religiosas populares, muchas veces asociados a grupos de danzantes, como es el caso del Bobo de las Nieves, el capitán de Frías o un gran número de casos en el valle del Tirón. De hecho, hay constancia de que el conocido personaje de El Colacho, en Castrillo de Murcia, estuvo acompañado de un grupo de danzantes al menos hasta finales del siglo XVIII. En todo caso, de estos grupos de danzantes hablaremos en un artículo específico.
Son personajes grotescos con vestimenta ridícula o llamativa, que representan el mundo del caos, de lo prohibido y condenable. En 1611 el diccionario de autoridades ya define çaharrón: “El momarrache o botarga, que en tiempo de carnaval sale con mal talle y mala figura, haciendo ademanes algunas veces de espantarse con los que se topa, y otras de espantarlos”.
Provendría de los mimos e histriones del mundo romano y proseguiría en la Edad Media como elemento festivo y burlesco altamente popular. Los zaharrones eran los juglares que divertían al pueblo disfrazados fea y grotescamente. De hecho, el propio diccionario define zaharrón (derivado del árabe hispánico *saẖrūn.) como Moharracho o botarga; y si vamos a esta acepción, moharracho, (Del árabe. hispánico muharráǧ o muharríǧ, y este del ár. muharriǧ 'bufón2'.). sería la persona que se disfraza ridículamente en una función para alegrar o entretener a las demás, haciendo gestos y ademanes ridículos. De aquí se derivaría el término mamarracho (Persona de ningún valer o mérito, o figura mal hecha).
En definitiva, aunque hoy en día estos personajes son asociados mentalmente con el arco cantábrico, ni tienen allí su origen ni son exclusivos de aquellas zonas. Por ejemplo, en paralelismo con los zamarracos de Silió o los zamarrones de Polaciones; uno de los personajes principales del carnaval de Poza de la Sal es el zamarrón. El de Mecerreyes se llama zarramaco; Zarrón en Almazán (Soria) o Zangarrón en Sanzoles y Montamarta (Zamora).
Esto sin mencionar todos los casos en los que estos personajes reciben otros nombres, como por ejemplo los Zarramoques que existían en Palazuelos de la Sierra o incluso el Tetín de Burgos ciudad, que antiguamente recibía el nombre de Cachidiablo.
Fuentes:
"cancionero popular de Burgos".
"Indumentaria burgalesa popular y festera"

Probables causas de la "reaparición" del término Cantabria



A lo largo del siglo XVIII se empieza a desarrollar lentamente en los territorios correspondientes a la actual Cantabria y algunos aledaños el concepto de Cantabria en diversos formatos: Provincia de Cantabria, Sociedades Cántabras, regimiento de Cantabria… Es uno de los argumentos usado por los movimientos “cantabristas” actuales para “demostrar” que ese término no había desaparecido nunca y que siempre estuvo implantado en la Sociedad. Sin embargo, a la vista del modo que aparece “de la nada” en la documentación, de un modo casi repentino y en unas determinadas circunstancias, no podemos menos que hacer algunas reflexiones al respecto. 
Desde los inicios de la Época moderna se empieza a difundir desde los ámbitos de influencia del País Vasco la teoría (hoy claramente demostrada como mito) del “vasco-cantabrismo”. Explicada de forma muy resumida, venía a consistir en afirmar que el territorio de los antiguos cántabros correspondía con el de los modernos vascos, siendo los últimos herederos de los primeros. Fue mucho el empeño que emplearon numerosos eruditos (especialmente del ámbito religioso) en intentar demostrar este hecho. Pero ¿para qué tanto esfuerzo?. Pues como siempre o casi siempre en estos casos, había un interés detrás más importante que el simple desarrollo del autoconocimiento.
Desde finales del siglo XV comienza a ser verdaderamente importante en el ámbito cotidiano la demostración de la “pureza de sangre”, de cara en buena medida a desplazar definitivamente a los judíos conversos de los últimos reductos de poder de que disfrutaban. Las personas a las que se reconocía la misma a través de la “hidalguía” tenían una serie de privilegios, entre ellos el estar exentos de determinados impuestos y contribuciones, y el poder optar a cargos de relevancia dentro del aparato de la monarquía. En este contexto, el planteamiento y reconocimiento de concepciones marcadamente racistas e interesadas (en realidad todas las concepciones racistas son interesadas) resultaba considerablemente beneficioso.
De este modo, se llegó a desarrollar una construcción hilarante en la que los vascos provendrían nada menos que de Túbal, uno de los hijos de Noé, y la descendencia se habría mantenido sin tacha, sin mezcla alguna con otras razas, hasta esos siglos XVI y XVII. En esa argumentación, la integración de los mitos cántabros de resistencia a ultranza frente al invasor romano, resultaban considerablemente útiles, ya que en su forma de pensar los vasco-cántabros nunca habrían sido conquistados del todo y por lo tanto no habría sufrido la “contaminación” que vendría aparejada con la implantación de los imperios romano y visigodo. Y menos aún con la del imperio musulmán. La mayor prueba de ello sería el mantenimiento de la Lengua vasca.
Imagen de la portada del libro "Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria" de Gabriel de Henao, otro conocido vasco-cantabrismo. Publicado en 1691.
Este argumento, junto a otros de carácter mítico e histórico, tendría como culmen el reconocimiento de la hidalguía universal en los territorios de Vizcaya y Guipúzcoa. Se trataba de asegurar a todos los habitantes de estos territorios la nobleza más antigua de España, y por tanto no necesitaban demostrarla para acceder a los oficios de la Corte, ya que por su descendencia de Túbal les asiste el derecho de disfrutar de los privilegios propios de la hidalguía (resulta curioso, por otra parte, que los vascos crearan este marco de privilegios sobre la base de ser los “Españoles genuinos” y lo mantengan ahora sobre la base contraria).
De hecho, a partir de mediados del siglo XVI serán cada vez más abundantes los habitantes de Vizcaya y Guipúzcoa que se desplazarán a diferentes destinos para ejercer oficios administrativos, y usaran hábilmente estas argumentaciones para desplazar a los anteriores ocupantes de estos cargos, ya que los mismos habían sido habitualmente judíos conversos. Este fue precisamente el caso del primero que desarrolló en profundidad la teoría del vasco-cantabrismo, Esteban de Garibay, al que “le iban las lentejas en el negocio”.
Como mensaje de defensa de la “pureza” no es extraño que el mensaje del vasco-cantabrismo fuese abanderado especialmente por religiosos, especialmente por jesuitas. Frente a estos, ya desde el siglo XVII, empezó a aparecer un discurso opuesto, el del “montaña-cantabrismo”. Este último contaba como podemos entender con bases históricas y analíticas mucho más consistentes, ya que efectivamente el territorio de los antiguos cántabros se correspondía en realidad a lo que se puede entender en términos generales como “la Montaña”. 
Sin embargo, pese a que el análisis habitual se limita a quedarse con el mensaje de que los vascocantabristas eran "los malos" y los montañacantabristas eran "los buenos", la motivación última no dejaba de ser equivalente y discutible: el reconocimiento para los habitantes del territorio coincidente con el de la antigua Cantabria de la hidalguía universal basada en la pureza de sangre. En este caso se añadía un segundo objetivo: el de inventar una genealogía milenaria de la monarquía asturiana y de las principales familias nobles de la zona.
A esta polémica no eran ajenas las luchas de poder entre diferentes órdenes religiosas: Mientras que los jesuitas habían hecho suyas las tesis vasco-cantabristas, los benedictinos y agustinos defendieron las montaña-cantabristas. La paulatina pérdida de influencia de los primeros, que acabaría con su expulsión, sería uno de los factores determinantes en la resolución del conflicto.
En este devenir tuvieron especial importancia las obras de los montañeses Francisco de Sota “Chronica de los príncipes de Asturias y Cantabria” (1681) y la de Pedro de Cosio y Celis “Historia, en dedicatoria, grandezas y elogios de la mui valerosa provincia xamas vençida de Cantabria : nombrada oy las Montañas Vajas de Burgos y Asturias de Santillana” (1688). 
Extractos del libro de Francisco de Sota

La obra de Francisco de Sota, predicador de Carlos II, es un texto extenso y denso (lo que viene siendo “un truño” vamos). Empieza digamos “bien” ubicando de manera más o menos correcta el territorio de la antigua Cantabria, pero a continuación empieza con un relato hilarante que tiene como objeto fundamental el “glosar” la supuesta línea de descendencia desde Túbal hasta los primeros reyes cristianos y las principales familias nobles de la castilla medieval. 

Algunos pasajes son verdaderamente “deliciosos”, como aquel en el que dice que los cántabros adoraban “la Santa Cruz” de muchos siglos antes de que existiera Jesucristo, y que por lo tanto la “verdadera fe” no llegó aquí de manos de los romanos. La cruz cántabra tendría la forma de aspa de lo que ahora se llama lábaro. 

También resulta curioso cuando hace descender la estirpe cántabra y castellana nada menos que del rey de Egipto Osiris, que vendría a morar a España; siendo Hércules uno de sus descendientes, ahí es nada, del que vendría después el rey llamado Astur, tronco común de los reyes de Asturias y Cantabria. 

Por supuesto, deja bien claro que ni visigodos ni árabes conquistaron Cantabria, realmente ni siquiera los romanos, que tras mucho guerrear a lo más que pudieron llegar es a firmar un acuerdo con los cántabros. De ahí vendría el nombre de los Montes del Pas (por la Paz allí concretada). Por cierto que hemos encontrado alguna otra fuente antigua que invoca tal origen para el topónimo. 

Deberían abochornarse aquellos que aún recurren a los trabajos de este personaje para intentar justificar la pervivencia de la esencia cántabra a lo largo de los siglos. Por cierto, que el mismo no reniega de ninguno de los mitos y personajes fundacionales Castellanos, ni de los jueces de Castilla, ni de Fernán González; ni siquiera del Cid Campeador. Antes bien, los integra en su onírica construcción identitaria (respecto a este último, afirma que Cid es derivación de Sota, con eso está dicho todo). 

En esta línea de la “recuperación” del concepto de Cantabria con intereses prácticos y, por qué no decirlo, racistas, el segundo de los montaña-cantabristas es Pedro de Cossío y Celis. Este autor, sacerdote y nacido en Carmona (Cantabria) escribió un libro titulado nada menos que “Historia, en dedicatoria, grandezas y elogios de la mui valerosa provincia xamas vençida de Cantabria : nombrada oy las Montañas Vajas de Burgos y Asturias de Santillana” (1688).
Además de recoger una similar e hilarante genealogía mítica en comparación con la obra de Fernando de Sota, concluye sin disimulos uno de sus apartados en los siguientes términos:
“Assí consta que todos los cántabros; esto es montañeses desde sus principios tienen sangre noble, como tales hijos y descendientes de Túbal, nieto de Noé. Por manera que no son hidalgos de privilegio, sino desde Abibitio (por serlo su sangre noble) son nobles que son más que hidalgos. “


Sota y Cossío, y también otros “eruditos” de la época, dibujan los trazos de la identidad cántabra al convertirla en origen y fundamento de la monarquía y nobleza españolas. Un planteamiento establecido sobre tradiciones, mitos y fantasías que la crítica historiográfica acabaría arrinconando, pero que ya quedaría insertada en buena medida en el imaginario popular.
Una evidencia de esto último la encontramos en una manuscrito de finales del siglo XVIII cuyo autor no está del todo claro, titulado “Noticia Histórico-corográfica del Muy Noble y muy Leal Valle de Mena”. Existen varias versiones de este, por otra parte, interesante documento (nos referiremos al mismo en otro contexto), pero cabe reseñar que pone especial interés en recordar la ascendencia “cántabra” de los habitantes del valle. ¿porqué?. La razón la encontramos en el breve apartado que dedica a la nobleza de sus moradores.
“No hay en el Valle otro estado que el noble, y de hijosdalgo; y ninguno es admitido en él por vecino, que antes no acredite en bastante ser noble. La nobleza de sus naturales es tan antigua; que no se descubre su origen en privilegios concedidos al país, pero se afianza nerviosamente en su venerable retirada antigüedad, y posesión inmemoriales.
No falta quien la tenga por originaria española; y a la verdad que su opinión no se halla tan destituida de fundamentos, que merezca despreciarse. Lo cierto es que de las historias no nos constan que los meneses y demás cántabros hayan sido precisados por ninguna nación extranjera de quantas han dominado a España, a desamparar su país, y retirarse a otras provincias o naciones, de donde resulta probable la subsistencia en este país de la sangre cántabra, y antigua española, propagada de generación en generación hasta nuestros días.”


El erudito padre Enrique Flórez, burgalés con ascendencia montañesa, es considerado como el autor que zanjó definitivamente la polémica entre el vascocantabrismo y el montañacantabrismo gracias a su obra “La Cantabria” (1764). Lo hace obviamente a favor de los segundos, pero sólo en lo referente al aspecto geográfico-histórico. De hecho, dedica buena parte del libro a separarse claramente de buena parte de sus postulados más estrafalarios, como el de la invencibilidad de los cántabros, el de adoración secular a la cruz, o el de la existencia entre los mismos de un estandarte llamado lábarum o cántabrum antes de la llegada de los romanos.
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Tras la divulgación del trabajo de Flórez los aspectos más polémicos (y absurdos) de las teorías montañacantabristas fueron olvidados (pese a que los mismos representaron los verdaderos motivos de su aparición), pero todo el proceso dejó un poso en el acervo popular, generando (pues no existía antes) ese orgullo de ser cántabro arrogándose (supuestos) méritos de gentes que habían vivido casi dos milenios antes y con las que en realidad no se tenía otra cosas en común que haber habitado el mismo lugar. Esta es, y no otra, la verdadera razón de la reaparición del término de Cantabria.
No es de extrañar, por tanto, que sea precisamente en estos años cuando se reactiva el proyecto de creación de la provincia de Cantabria (por parte de los sectores tradicionalistas) o se creen organismos de muy diversos carácter reivindicando el nombre de Cantabria. Y poco a poco irá apareciendo en textos, fundamentalmente aquellos con un halo literario mitificador. 
Fragmentos del libro de Manuel de Assas

Manuel de Assas, también santanderino, publicó en 1867 su “Crónica de la Provincia de Santander”. Comienza dicha obra con una referencia clara a los mitos de acabamos de citar, abandonando por falsarios e irreales los planteamientos de Sota y Cossío. La lectura de esta parte del libro es realmente clarificadora. Incluimos el principio de la misma rogando encarecidamente a nuestros lectores que la lean. 

Pese a todo lo anterior, podemos observar como el regionalismo cántabro moderno aún se alimenta en cierta medida de aquellas referencias míticas, autoconvenciéndose de que la aparición del término Cantabria en textos de los siglo XVII y XVIII obedece al “perpetuamiento secular de un pueblo” y no a un concepto que surge en unas circunstancias y con unos intereses determinados. 

Curiosamente, este planteamiento “racial” tenía como uno de sus fines intentar demostrar que Cantabria era la Castilla y España más auténtica, la más primigenia. Hoy, cuando el proyecto de Estado parece más frágil que nunca, los cantabristas de “nueva ola” se basan en aquellos planteamientos precisamente para defender lo contrario: Que Cantabria realmente nunca tuvo que ver con lo castellano y lo español ¿Les suenan estos argumentos ventajistas de otros lugares?
Fuente: "La Memoria Histórica de Cantabria". Universidad de Cantabria (1996)

lunes, 11 de febrero de 2019

El concepto de "La Montaña"

Fragmento de Merindades en el que se aprecia que también se puede denominar perfectamente "La Montaña": La Montaña de Burgos.
En algunas ocasiones se observa una tendencia a la apropiación conceptual absoluta de lo que se conoce por "La Montaña" por parte de la actual Cantabria, y por extensión, a intentar inculcar la idea de que todo el que se pueda sentir "montañés" o heredero de tal concepto, es que se siente cántabro.

Entiéndase. Nos parece perfectamente razonable y lógico que los cántabros contemporáneos tengan una de sus principales referencias mentales y culturales en La Montaña y lo montañés. Es lo suyo y otra cosa nos parecería extraña y anómala. A lo que nos estamos refiriendo ahora es a ese afán de algunos en mostrar referencias históricas en las que lo montañés era supuestamente algo inequívocamente diferente de lo castellano y en ubicar esas referencias en el norte de la provincia de Burgos. No se nos ocurre otra razón de este interés sino la de crear desafección en los habitante de dicha zona hacia lo burgalés.

Y es que, aunque efectivamente hay algunos registros históricos puntuales (que estas personas ponen tanto esfuerzo en airear) en los que se expresa dualidad entre los montañés y lo castellano, en muchos otros se integran ambos conceptos de forma absolutamente natural. Demuestra esto que el concepto de Montaña y montañés estaba más bien referido antiguamente a su evidente significación orográfica y, si se quiere, sentimental o lírico, y que no debería tomarse como base para establecer delimitaciones territoriales.

En el libro “De la Montaña a Cantabria. La Construcción de una Comunidad Autónoma”, se refieren a La Montaña como a “un amplio espacio que se localiza en el área central de la Cordillera Cantábrica, en sus dos vertientes. Carente de un territorio propio, puesto que ninguna demarcación se corresponde con este espacio histórico, responde en mayor medida a sus rasgos geográficos.”

Y es que una sencilla búsqueda (desde luego más sencilla que otras que hemos realizado) nos ofrece ejemplos de lo que estamos hablando. Una referencia realmente antigua la encontramos en la Colección Documental de Cuéllar, en un documento fechado en Marzo de 1285 en la que el rey Sancho IV arrienda determinadas propiedades al judío Abrahám Barchilón. En el mismo se hace la siguiente asignación de valores en función de la ubicación de cada elemento del contrato:

“en Gallizia e en Asturias, veinte maravedís el millar; e en la otra tierra de León, veinte maravedís; en la montaña de Castiella, veynte maravedís; e en los otros logares de Castiella que son cerca de la montaña, quinze maravedís; e en la otra tierra de Castiella e de Estremadura, diez maravedís. “

En esta breve referencia se ve claramente cómo la montaña y Castilla no son dos elementos necesariamente diferenciados. La Montaña es una parte de Castilla que por sus características geográficas lleva un trato diferente, así de simple.



Fragmentos de libro "Chronica de los príncipes de Asturias y Cantabria", de Francisco de Sota, el primer referente histórico del cantabrismo y que no veía contradicción entre montaña y Burgos.
En épocas más recientes, aparecen referencias por doquier que demuestran que “la montaña” no era algo diferenciado de Burgos. En los discursos de la nobleza de España (1636), de Bernabé Moreno Vargas, ya se encuentra una mención a las Montañas de Burgos; al referirse al origen a los Mendoza como provenientes del lugar homónimo “en la Montaña de Burgos”; mismo origen de los Acebedos.

En 1645 Rodriguez Méndez Silva, en su “Población general de España: sus trofeos, blasones y conquistas heroycas", deja escrito que el “Valle de Porras” (Valdeporres) “Yace en las Montañas de Burgos”. Gregorio de Argáiz, en su “Población eclesiástica de España” (1668) afirma que San Vicente de Fistoles está en la Montaña de Burgos.

Podríamos dar muchas más referencias similares. Nos parece especialmente representativa la existencia de un manuscrito anónimo titulado “Villancicos a la Milagrosa Imagen, de Maria Santissima con el Titulo de Montes Claros Patrona de la Werindad (sic) de Campoo, venerada con mucha frecuencia en el Convento Real de su advocación de Padres Dominicos, en las Montañas de Burgos termino de los Carabeos, Jurisdicion de Reynosa”, y datado a finales del siglo XVIII o principios del XIX.

Es más, incluso los participantes en la creación de los discursos cantabristas, tanto vascocantabristas como montañacantabristas (nos referiremos a estos debates en próximos artículos) también emplearon esta expresión para delimitar el marco geográfico del que hablaban. Gabriel de Henao, en sus “Averiguaciones de las Montañas de Cantabria” (1689) equipara las Asturias de Santillana a la costa de las montañas de Burgos.

El principal referente del montañacantabrismo, y en cierta medida el "padre ideológico" del actual cantabrismo, Francisco de la Sota señala claramente en su “Chronica de los príncipes de Asturias y Cantabria” del año 1681 que el río Ebro “Sale de su patria, la montaña de Burgos, o Castilla la Vieja” y un poco más adelante que la antigua Cantabria “hoy corresponde a las montañas septentrionales altas y bajas de Burgos”; por sólo citar un par de menciones. 

“En las Montañas
de Santander
la vi llorando
la pregunté:
¿Porqué lloras hija mía?
¿Porqué tengo que llorar?
Porque ha pasado mi amante
y no me ha querido hablar.”

Canción popular burgalesa.

En relación a este “debate”, se observa, principalmente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII la aparición de un nuevo término: “montañas de Santander”, influenciado sin duda de la pujanza de la ciudad y de la concesión del obispado así como, por qué no reconocerlo, por el paulatino desarrollo de la identidad de ese territorio. Es decir, creemos que es en este momento, cuando se empieza a hablar de las Montañas de Santander, cuando comienza a perfilarse un sentido territorial de este concepto; sentido territorial diferente al de las montañas que quedan en la vertiente meridional.

De hecho, empiezan a aparecer incluso breves descripciones de esa embrionaria "provincia" o referencias a lugares situados en las Montañas de Santander, entre los cuales nunca se incluyen los ubicados en la actual provincia de Burgos, salvo algunas menciones al valle de Mena. Es más, en algunos documentos se cita a las montañas de Santander como algo diferente a otras demarcaciones, como las montañas de Burgos, Merindades de Castilla o incluso a las Montañas de Reinosa. Así ocurre en el “Censo de frutos y manufacturas de España e Islas Adyacentes, ordenado sobre los datos dirigidos por los intendendes”, publicado en 1803:

“Este sobrante de trigo se vende a Madrid, Reynosa y Montañas de Santander. La quarta parte del vino se extrae también a las Montañas de Santander, Reynosa, Cervera, Aguilar y demás distritos de sus inmediaciones”.

Al respecto queremos hacer mención especial a un texto redactado por Miguel de Bañuelos y Fuentes, que ocupó el puesto de intendente de la provincia de Burgos entre los años 1765 y 1775, periodo en el que se estaba fraguando de alguna manera el proceso de disgregación de la provincia de Santander respecto a la de Burgos. 

Hombre activo intelectualmente, como buen ejemplo del periodo ilustrado, elaboró un amplio estudio planteando la posibilidad de estimular la plantación de cáñamo en la provincia. En el mismo, descartaba de dichos esfuerzos “ los tenebrosos y empinados montes de Santander, las sierras de Canales y Cameros y las Merindades de Castilla”. Más allá del objeto principal de su estudio, vemos que en esa época como es lógico y siempre ha sido lógico, las Merindades de Castilla resultaban algo independiente de los montes de Santander.

Podría pensarse que este hombre realizaba estos estudios desde su despacho y que tuvo poco contacto con la población local. Sin embargo encontramos otro fragmento en el que comprobamos que tristemente nos llegó a conocer muy bien: “en las Castillas es donde más se adolece del erróneo concepto de no alterar las cosas de como se hallaban en lo antiguo. Me martiriza la violencia que les cuesta desviarse de lo que les enseñaron sus abuelos, siendo familiar, aun entre los más cultos, la idea y la respuesta de que cuando los ancianos no se dedicaron a otra cosa que a granos y a viñas, tengáis bien promediado que no era conveniente innovar. “

Otro ejemplo que además de ilustrativo aporta un interesante aspecto cultural, es el que se incluye en las respuestas del corregidor de Villarcayo, Juan de Aldama, para la realización de la cartografía de España por parte de Tomás López, redactadas en 1787. En este extracto se hace una referencia a la ermita de San Bernabé de Ojo Guareña en estos términos:

“ hai un santiario de los más zélebres que hay en todo este Pais, nombrado de San Tirso y San Bernabé. Es su situación en un peñasco o trestón formado por la naturaleza, el que los romanos trabajaron varias minas y en una de ellas, que es la mayor, está formada la yglesia ermita de estos gloriosos mártires. Y el embovedado es de la misma peña, timprado al natural. Son muchos los milagros que se esperimentan todos los días de estos gloriosos santos. Y por lo mismo, su concurrencia, en el día diez y onze de Junio, suele ser de más de cinco o seis mil almas. Que todos con devoción concurren de diversas provincias, como son Vizcaia, Montaña, Campo y las siete merindades de Castilla la Vieja."

En definitiva, si alguna vez existió una conciencia colectiva territorial de las Montañas de Burgos, más allá de la evidente orografía, no fue una injusta decisión administrativa de 1833 la que la rompió, sino el propio surgimiento de la ciudad de Santander como polo de atracción bastantes décadas antes.

Respecto al concepto de "La Montaña" y en épocas más recientes, tampoco resulta tan evidente que todos los habitantes de la recientemente desaparecida provincia de Santander se identificaran con el concepto de “La Montaña”. De hecho, parece que en general los habitantes de los valles interiores tendían a identificarse con el gentilicio de su demarcación: pasiegos (valle del Pas), campurrianos (valle de Campoo), lebaniegos (valle de Liébana), merachos (valle del Miera), purriegos (valle de Polaciones), tudancos (valle de Tudanca) o sobanos (valle de Soba), llamando montañeses a los habitantes de la zona más o menos llana pegada al mar.

Son numerosos los ejemplos documentales de esta circunstancia, de los cuales nos limitaremos a citar sólo algunos. Por ejemplo Jose María de Pereda señala en su novela Peñas Arriba (1895) que los habitantes de Tudanca “llaman la Montaña a la tierra llana, a los valles de la costa, y «montañeses» a sus habitadores.”

Amador de los Ríos en su libro titulado "España. Sus monumentos y artes. Su naturaleza e historia" de 1891 dedicó un volumen a la entonces Provincia de Santander, tratando el significado de 'la Montaña' entre los lebaniegos:

“Por eso en toda la Montaña, y aún fuera de ella, pues de los de la Liébana no se llaman montañeses, tanto por ambición como por amor propio.”

El filólogo británico Ralph Penny en "El habla pasiega: ensayo de dialectología montañesa" escribía respecto a lo que entendían los pasiegos por la Montaña:

“Hay que notar aquí que los pasiegos mismos no se incluyen dentro de 'la Montaña': para ellos este término está en oposición a la 'Pasieguería', nombre que dan a sus territorios. Igualmente el calificativo 'montañés' sólo se aplica al que vive fuera de los Montes de Pas, sea en Ontaneda o en Villacarriedo, pueblos muy cercanos, sea más lejos.”

En definitiva, y para cerrar el artículo, nos parece lícito y lógico usar en sentido histórico, sentimental, cultural y literario el concepto de montañés como sinónimo del actual cántabro (en realidad, creemos incluso que sería más correcto y menos confuso), pero en absoluto podemos aceptar ninguna relación territorial entre lo que pudo ser “la montaña” en el pasado y lo que debe ser “Cantabria” en la actualidad, dada la indefinición geográfica del primero de los términos. Un burgalés del norte se podrá sentir perfectamente montañés sin dejar por ello de ser burgalés o castellano.