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miércoles, 10 de julio de 2019

Acerca de las reflexiones del compositor Antonio-José sobre el Folklore burgalés



Cartel del excelente documental sobre la vida y obra de Antonio José, creado y estrenado en Burgos el año pasado
 
El talentoso músico y etnógrafo burgalés Antonio José, brutal e injustamente asesinado en la Guerra Civil, enunciaba pocos meses antes de su muerte las siguientes palabras:

“Galicia, Asturias, Levante, Vasconia, Cataluña, Andalucía, todas las regiones presentan con legítimo orgullo sus cantos vernáculos, y no sólo ...nadie niega esas canciones características, sino que todo el mundo reconoce y aplaude su autenticidad. Desaprensivos y poco enterados comentadores hay que sostienen concienzudamente la errónea teoría de que las escasas canciones encontradas en Burgos llegaron de la Montaña. Así: sin más concisos detalles fijativos ... (En Burgos, “la Montaña”; quiere decir Santander; y conviene recordar, a este respecto, lo que dijo hace más de veinte años el ilustre compositor Nemesio Otaño, especializado como pocos en el estudio del canto montañés. El canto montañés, a juzgar por los datos por él recogidos, «es substancialmente castellano; burgalés especialmente;. Y esta opinión sincera y valiosa era compartida por el eximio musicólogo catalán, de inolvidable recuerdo, don Felipe Pedrell).

“hace muchos años, el inteligente músico burgalés Federico Olmeda salió en busca de canciones populares por algunos pueblos de la provincia de Burgos, recogiendo en pocos meses más de 600 motivos de canto y danza de la más legítima procedencia, de la más sorprendente variedad y del más exquisito arcaísmo. Téngase en cuenta que Olmeda recorrió unos 200 pueblos y que la provincia de Burgos tiene 1.200. Yo mismo, después, para seleccionar cerca de las 200 tonadas populares insertas en el Nuevo cancionero burgalés he oído, en unos meses empleados en esta labor de cazador lírico, unos 400 motivos, todos ellos, por supuesto, distintos a los que anotó Olmeda ... Creo imposible que ninguna otra provincia pueda presentar tan crecido número de canciones.

¿Quién podrá asegurar ahora, examinando esas pruebas firmísimas y copiosas, que Burgos no tiene música popular, o que esos centenares de documentos vivos fueron importados de otras regiones? ¿No es absurdo que esas otras regiones volcaran espontáneamente en Burgos un inmenso tesoro lírico, para que Burgos quedase más rico que ellas?

Tenemos cantos de siega y trilla; de cuna, de ronda, de esquileo y de otros actos de la vida común. Cantos coreográficos, vocales e instrumentales, al agudo, a lo llano, de ruedas y danzas. Cantos religiosos de todo tiempo y para toda ocasión. Todos ellos de hermosa variedad; de interesante y atrevida construcción melódica y rítmica; de valiosa vetustez; de unidad profunda. Todos ellos, también, empapados de propio e inconfundible color, conseguido por la fusión felicísima de nobleza, austeridad, franca rudeza y alegría sana.

Sólo quien, por miopía crítica, por desánimo, por prejuicios regionalistas o por pereza intelectual, no pase de la corteza objetiva, sin más detenida reflexión, podría afirmar despreocupadamente parecidos ilusorios -o, cuando menos, más aparentes que reales- con otras tonadas de la Montaña, o de León, o de otra región que casi siempre es la suya ...


En Verdades de Merindades hacemos nuestras estas palabras pronunciadas hace más de ochenta años. El folclore burgalés originario es al menos tan particular, original, homogéneo y valioso como el de cualquier otra región; y si hoy está en trance de desaparición y dilución se debe exclusivamente a la desidia de las personas que toman decisiones, a la feroz despoblación y desestructuración social de las zonas rurales, al modo de vida contemporáneo y, particularmente, a que en Burgos no ha existido un movimiento regionalista que use la cultura popular más como herramienta de diferenciación que como un valor en sí misma.

Sin ser expertos, ni siquiera aficionados avanzados en la materia, hemos encontrado numerosos ejemplos que demuestran que existen evidentes paralelismos entre el patrimonio inmaterial de las zonas al sur y al norte de la provincia (lejos de ese obsesivo recurso al “norte burgalés de ámbito cántabro” de los cantabristas interesados).

Es más, en realidad los paralelismos se producen también con la cultura popular de otras zonas peninsulares e incluso europeas, demostrando, como no podía ser de otra forma, que el patrimonio etnográfico de una determinada zona en realidad no es ni cántabro, ni castellano, ni montañés, ni merinés… ni siquiera burgalés; ya que no deja de ser el compendio del rastro dejado por el paso y el intercambio de las culturas a lo largo de los siglos, con las peculiaridades locales, y que su uso para argumental una entidad territorial, además de interesado, es sumamente endeble.

En definitiva, es digno de elogio difundir y conservar nuestro patrimonio, y es lógico y natural que nos sintamos orgullosos del mismo; pero siempre manteniendo la perspectiva de que la cultura debería servir para unir y no para hacer política.

Los bolos en la provincia de Burgos


Bolera de la localidad de Villalba de Losa


"Los bolos" es un juego popular que tiene como rasgos genéricos la puesta en el suelo de cierto número de bolos y el objetivo de derribar el mayor número de ellos arrojándoles sucesivas bolas. Su sencillez explica que haya sido desde siempre un deporte muy arraigado en muchas zonas rurales.

El origen de este juego parece... poder atribuirse a Egipto, aunque las primeras referencias escritas corresponden a la antigua Grecia. El poeta griego del siglo VIII a.C. Homero, narra cómo los pretendientes de Penélope, esposa de Ulises, jugaban a los bolos o juego de Procos para dirimir sus querellas sentimentales y ocupar sus ocios durante la larga espera. De hecho, el juego de los bolos deriva su nombre del griego bolos = pedazo de palo.

Del mismo modo, en la gloriosa y Antigua Roma, era habitual que se realizaran partidas de este deporte que parece ser el origen del juego de bolos. Era una distracción que se extendió por todas las tierra del Imperio Romano. Ya en la Edad Media estaba especialmente extendido este juego en Centroeuropa, Francia e Inglaterra, a medida que las modalidades de los mismos iban creciendo.

Es muy probable que la entrada principal de este juego en España se realizara a través del Pirineo, facilitada por la creación del Camino de Santiago, aunque las peculiaridades de ciertas modalidades especialmente frecuentes en nuestro territorio, el uso de tablones, puede relacionarse con la influencia del comercio de la lana con Flandes. De hecho el propio Lutero publicó un edicto intentando homogeneizar los juegos de bolos que se jugaban en Alemania, y que también se colocaban sobre tablones.

 En la provincia de Burgos existen dos modalidades genuinamente provinciales: EL BOLO TRES TABLONES, y el BOLO BURGALÉS, amén de alguna variantes más locales como el bolo ribereño, los Bolos de Belorado o los Bolos de Villanueva de Gumiel.

El bolo Tres Tablones nace en la comarca burgalesa de Las Merindades, pudiéndose decir que es la modalidad que más arraigo mantiene a día de hoy (de hecho aún existen boleras en mejor o peor estado en numerosos pueblos). Se juega esencialmente en dicha comarca, pero no exclusivamente; de hecho ha tenido bastante implantación en Miranda de Ebro. Por su parte, el bolo burgalés es característico de la capital y de los pueblos de las cercanías, especialmente hacia el sur.

En realidad podemos encontrar diversas modalidades tradicionales de bolos, además de en otras provincias de Castilla y León, en otras regiones, como Asturias, Galicia, País Vasco, Murcia o Andalucía.

Fuente: Juegos y deportes tradicionales en la provincia de Burgos. Diputación Provincial de Burgos (2001).

martes, 2 de julio de 2019

Un instrumento olvidado: la gaita de Bota o de Saco

En la imagen, fotografía del músico conocido como "El tío Frescas" tomada en la localidad riojana de Ventrosa de la Sierra hacia 1920. Fuente
https://chemaroson.weebly.com/blog/la-gaita-de-bota-en-el-contexto-de-las-cornamusas-europeas-occidentales; artículo muy interesante en los que os podréis informar más acerca de este instrumento.

En la línea de lo que comentábamos en su momento en relación al rabel, en nuestra región vecina, en el afán por resaltar la diferencia e ignorar todo lo que tenga que ver con una supuesta “aculturación” castellana, se patrimonializa el rabel, se arrincona a la dulzaina y se ensalza la gaita; como buen estándar de la “absoluta singularidad” del noroeste hispano.

El caso es que una vez más se demuestra que la esencia de esta singularidad tiene que ver fundamentalmente con una orografía y ubicación geográfica que ha dificultado la pérdida de costumbres ancestrales, y que además estas circunstancias son relativamente recientes en términos etnográficos.

Resulta que Federico Olmeda, en su libro “Folklore de Burgos”, editado en el año 1903, hace referencia a una gaita común u ordinaria, la “gaita zamorana” lo que hoy se denomina dulzaina, y a otra gaita “de uso inmemorial en toda Castilla”, aunque en trance de desaparición, a la que él llama “gaita gallega”. En otro pasaje describe esta gaita gallega dejando claro al instrumento al que se refiere.

“ellas tienen dos tubos, uno el que propiamente puede llamarse gaita, porque es el que canta, y el otro que no produce más que un sonido grave y que, siendo la tónica, puede considerarse como nota tendida o de pedal y a la vez como desahogo del aire sobrante, que el gaitero, de soplo en soplo, va introduciendo en el depósito.[..] La gaita gallega produce unos sonidos suaves y pastosos; es muy popular: a esto hay que añadir que los gaiteros la tocan muy cómodamente, pues por su construcción no necesita el soplo violento, permanente y continuo de la zamorana. “.

Todo parece indicar el instrumento que describe Olmeda es el mismo que se ha dado en llamar gaita de saco o de bota, y cuyo perdido uso ha sido recogido por etnógrafos riojanos en diversas zonas serranas de aquella provincia. De hecho ha sido su trabajo, especialmente el de Javier Asensio, el que ha permitido recuperar el instrumento.



miércoles, 26 de junio de 2019

Folclore y etnografía Burgaleses: los grupos de Danzantes dirigidos por un personaje alegórico.

Imagen de los danzantes de Frías cedida por Miguel Zález

Al hilo de las festividades de "El Capitán" que se han celebrado en Frías estos pasados días queremos recordar que en la provincia de Burgos existen aún numerosos ejemplos de grupos de danzantes, Y existieron muchos más en el pasado, generalmente dirigidos un personaje al que podemos definir de forma genérica como botarga, aunque como vimos en un artículo que publicamos en torno al carnaval recibe muchos nombres.

La vestimenta de los danzantes posee en general un predominio del color blanco. Con complementos principalmente de color rojo. Blanco es el color de su camisa, calzones y enaguas, estas con encajes y bordados, medias y alpargatas. Llevarán además bandas cruzadas de colores sobre el pecho, cintas en la espalda, en los brazos y en la cabeza, cinta o pañuelo anudado a un lado.

El botarga representa unos valores diferentes pero complementarios a los danzantes. Si estos llevan traje ceremonial y resaltan su presencia solmene y realizan una coreografía adecuada al rito, aquel es un personaje grotesco con vestimenta ridícula o llamativa, que representa el mundo del caos, de lo prohibido y condenable.

La vestimenta del botarga se diferencia siempre de la del resto de los danzantes. Aunque en Burgos lo más frecuente, especialmente en la zona de la cuenca del Tirón, donde estos grupos son más habituales, es que la diferenciación se limite al colorido en fajas y pañuelos (en estas zonas el nombre más habitual del botarga es cachibirrio o cachiburrio); también existen ejemplos en donde el vestuario de este personaje es especialmente llamativo.

Entre estos casos podemos citar el del “Bobo” de Las Nieves (al que dedicaremos un artículo específico), Salas de Bureba, Poza de la Sal, Burgos, Baños de Valdearados (en donde recibe el nombre de Zarragón), Palazuelos de la Sierra (zarramoque) o Barbadillo de Herreros.

En todo caso, entre los grupos de este tipo que permanecen y aquellos de los que se tiene registro pueden contabilizarse docenas, especialmente, como decimos, en la cuenca del Tirón en donde existen o existían prácticamente en cada pueblo. Por citar algunos ejemplos, aparte de los citados: Santo Domingo de Silos, Quintana del Pidio, Hontoria del Pinar, Boada de Roa, o Fuentelcésped.

Originalmente la fecha más habitual de actuación de los grupos de Danzantes era el Corpus, aunque existe mucha variabilidad temporal que va desde el carnaval (o incluso antes) hasta las diferentes fiestas de cada localidad, o en las romerías. Estamos ante un evento en el que se ha producido un paulatino proceso de sincretismo religioso. Se partiría del personaje puramente carnavalesco hasta acabar integrándolo en las diferentes celebraciones católicas.

En Merindades, aparte de los casos de Frías y Las Machorras, se tiene constancia al menos de la existencia a finales del siglo XIX de un grupo en Tartalés de los Montes que ejecutaba la danza de “El Juboncito” el día de san Juan.

Fuente: Cancionero Popular de Burgos.

¿En verdad sólo existieron carros chillones en el arco cantábrico?

Gustan los administradores de nuestra “página amiga” (o más bien gustaban ya que últimamente son más precavidos) de mostrar mapas mediante los que supuestamente demuestran las diferencias culturales entre el arco cantábrico peninsular o el “ámbito cántabro” y la “monótona” e “insulsa” Castilla. Por lo que hace referencia a la provincia de Burgos estos mapas comprenden siempre y sin variación lo que ellos se empeñan en llamar “Cantabria burgalesa”; ya que su verdadero interés no está en divulgar el patrimonio cultural, sino en construir un discurso etnicista cántabro que comprenda al norte de Burgos.

Analizando un poco en detalle estos mapas se encuentra que en la mayoría de las ocasiones, si no en todas, se basan en argumentos sesgados para llegar a las conclusiones que les interesan. Singularmente, y tal y como ya hemos apuntado, creemos que buen número de las particularidades etnográficas que se encuentran (o que han tardado más en desaparecer) en el noroeste del país se deben a que estas encuentran mejor refugio en zonas montañosas y alejadas de las principales corrientes de influjo cultural.

Distribución histórica del carro chillón según la "página amiga". El lábaro que no falte, por si alguien tenía dudas.

Un representativo ejemplo de lo que estamos hablando es el mapa que muestra la distribución del llamado “carro chillón” que consistía, explicado de forma simplista, en que sus ruedas no eran radiales y que estaban unidas directamente al eje del carro; de modo que este último giraba a la vez que las mismas produciendo un característico chirrido. Pues bien, en el mapa que muestra la “página amiga” aparecen las regiones de lo que venimos en llamar “la galastubria” como ricas en este patrimonio etnográfico y la “insulsa meseta” como un erial monótono en el que sólo se conoció la rueda de radios. 

Sí, sin duda el carro chillón se usó en Merindades. Buena prueba de ello son las ruedas a modo de elementos decorativos que aún se pueden encontrar en muchas partes de la comarca, pero ¿Realmente la España mesetaria no conoció otro carro que no fuera el de ruedas de radios? Según Menéndez Pidal, en su obra “Los caminos en la Historia de España”, la rueda maciza aligerada en cambones fue la más habitual en los carros medievales españoles. 

Escudo de la Casa de Cultura de Carrión de los Condes. Fuente: http://www.instazu.com/media/1563162147046742979

Sello concejil de Carrión de los Condes. Fuente: tierradeuceda.blogspot.com

Una simple visita a la localidad palentina de Carrión de los Condes despeja bastantes dudas; más en concreto visualizando la fachada de la Casa de Cultura, antigua cárcel, en donde aparece el antiguo escudo de la ciudad, fechado en el siglo XVI. Sí, en efecto, son sendas figuras de carros chillones las que aparecen en el escudo. Es más, en dos sellos concejiles del siglo XIII aparece el mismo modelo de carro.

Aún más relevante si cabe, es la lectura de un pasaje de nuestra obra más universal; El Quijote:

“Oyóse asimismo un espantoso ruido, al modo de aquel que se causa de las ruedas macizas que suelen traer los carros de bueyes, de cuyo chirrío áspero y continuado se dice que huyen los lobos y los osos, si los hay por donde pasan”.

Grabado del códice Madrazo-Daza. Fuente: bdh.bne.es

En el llamado “Códice Madrazo-Daza” o “códice de trajes”, fechado también en el siglo XVI, aparecen una serie de escenas costumbristas elaboradas por un anónimo ilustrador alemán. ¿Y saben lo que aparece en una de ellas? Un carro del tipo chillón transportando vino. 

Grabado de William Bradford "Viaje por España y Portugal"

Más recientemente, en la obra de William Bradford “Viaje por España y Portugal”, que acompañaba al Duque de Wellington en sus campañas de la Guerra de la Independencia de Española, aparece otra ilustración de un carro chillón ambientada en la Extremadura Portuguesa, en las cercanías de Lisboa.
En la obra de Pedro Gil Abad “Junta y Hermandad de la Real Cabaña de Ganaderos Burgos-Soria” se indica que los carros del tipo chillón se usaron en la comarca hasta finales del siglo XIX.

En definitiva, y en la línea de lo que hemos venido demostrando desde hace tiempo, la existencia de los carros del tipo chillón en el arco cantábrico de la península obedece fundamentalmente, más que una particularidad de dichas regiones, a una mejor supervivencia de este tipo de aperos dadas las características orográficas y socioculturales.

De hecho, en realidad el carro de radios fue el más usado en Merindades al menos desde principios del siglo XX. Así lo podemos comprobar a poco que nos paseemos por nuestros pueblos; o por ejemplo en la imagen que adjuntamos tomada en el pueblo de Virtus hacia el año 1930 del pasado siglo. 

Instantánea tomada en Virtus hacia 1930. Archivo Diputación Provincial de Burgos.

Y así todo...


jueves, 30 de mayo de 2019

EN OCASIONES VEO TEJOS (PARTE III Y ÚLTIMA)


En la imagen, tejo de la "cabaña" de Hijedo, plantado más que probablemente con ocasión de la construcción del edificio en la segunda década del siglo pasado.

Si analizamos los ejemplares de tejos de Merindades que encontramos en entornos antropizados, dado lo favorable del clima es bastante probable que buena parte de ellos no supere el siglo de antigüedad. En estos rangos de edades, decir que la presencia de un tejo obedece a una creencia milenaria nos parece poco menos que descabellado, pudiéndose deber su existencia a iniciativas de tipo ornamental o importación moderna de costumbres foráneas (algo parecido por ejemplo, pero en sentido inverso, a lo que está sucediendo actualmente con los olivos).

Ni siquiera el hecho de que estos ejemplares crezcan junto a templos contradice la afirmación que acabamos de hacer. Por ejemplo, en el aislado emplazamiento del monasterio de Las Batuecas, Salamanca, tan alejado del supuesto “ámbito cántabro”, existen un buen grupo de tejos de porte superior a los que se encuentran en los cascos urbanos de los pueblos de Merindades (tejos encontramos incluso junto a una iglesia de Frómista, en Palencia).

En realidad, si queremos pensar en ejemplares de árboles centenarios con simbolismo en Merindades, no es el tejo la especie que primero debería acudir a nuestra mente. Al contrario, la encina y el moral están mucho más presentes en este ámbito (especies compartidas, por cierto, con otros lugares provinciales). Hablaremos de los mismos en futuros artículos.

Es más, si pensamos en ejemplares “antropizados”, tampoco el tejo es la especie dominante en Cantabria. Si consultamos el catálogo de árboles singulares de Cantabria, y excluimos los especímenes de tipo ornamental, tan sólo encontramos tres tejos (los de Casar de Periedo, Llano y Entrambasaguas; podemos incluir al perdido de Lebeña).

Por contra, una especie tan española y mediterránea como la encina, cuenta con al menos una docena de ejemplares simbólicos, la mayoría al lado de iglesias, como por ejemplo las de Mata, Otero, Cartes, Cabanzón, Arenas de Iguña, Bareyo, Santa María de Cayón, Zurita, Udalla y Ruiloba. Especialmente llamativo es el caso del pueblo de Bustablado, que teniendo en su término uno de los tejos catalogados de Cantabria, luce también un hermoso ejemplar de encina en el centro del pueblo.

En la imagen, tejo de la "cabaña" de Hijedo, plantado más que probablemente con ocasión de la construcción del edificio en la segunda década del siglo pasado.

EN OCASIONES VEO TEJOS (PARTE 2 DE 3)

Los representativos datos mostrados en un artículo anterior nos hacen plantearnos otra hipótesis: ¿pudo existir en el pasado culto al tejo otras regiones mediterráneas y españolas, desaparecido actualmente por el retroceso de la especie y la homogeneización cultural?. La respuesta es que Sí

De hecho, si rastreamos los datos del pasado, cuando el clima era menos seco que el actual, veremos que el culto al tejo no es exclusivo del arco atlántico, quizás ni siquiera fue el primer sitio en el que apareció o se desarrolló.

En todas las principales excavaciones de Palestina, se descubren estratos de hace 4.000 a 3.500 años, en los que han aparecido figuritas de terracota, escarabeos y otras pequeñas placas-talismán que muestran en gran número la relación de las divinidades Asherah y Astarté con el árbol o las ramas sagradas. Y no se trata de la palmera, como sucede en los sellos cilíndricos de la diosa siria Isthar (720-700 AC), sino del tejo (Taxus baccata L).

La costumbre y rito de hacer pactos político-religiosos bajo los árboles, en particular bajo el tejo, eligiendo al rey o jefe político, se remonta al menos a los hattianos o protohititas, gentes de lengua no indoeuropea que vivían en Anatolia (Turquía actual) en tiempos anteriores al Nuevo Imperio Hitita (1400-1190 AC). Según recoge Fred Haggeneder (2007):

En Anatolia, los hititas indoeuropeos conservaron mucho de la antigua religión de los hattianos. Sólo la diosa de la tierra o diosa del trono tenía el poder de adoptar al candidato a rey y otorgarle la insignia real. En su pacto ritualizado el rey aceptaba administrar y proteger la tierra deshabitada (que pertenecía a [los cielos] la tormenta y el dios del sol) y respetar su territorio, las montañas. Su unión ritual [diosa y rey] era simbolizada por el poder del árbol sagrado: „Así como el tejo es siempre verde, y no pierde sus hojas, así podrán prosperar el rey y la reina‟. Esta frase [línea] del texto ritual nos muestra también perfectamente por qué las representaciones terrenales del Árbol de la Vida fueron un siempreverde”

Lucano describe en su “Farsalia” (III, 399-455), un bosque de tejos sagrado próximo a Marsella que Julio Cesar mandó abatir. Entre los horrores que habitaban el lugar describe:

...”aras dispuestas para crueles altares y árboles purificados todos con sangre humana”... ...”La fama hablaba de que a menudo mugían con terremotos las cóncavas cavernas; de tejos tumbados que se levantaban de nuevo, de marañas que brillaban en llamas sin consumirse y de dragones que se deslizaban enroscados a los troncos”.
El propio Cesar tuvo que empuñar el hacha para vencer el pavor que esta selva despertaba en su ejército.

Hécate era la diosa de carácter infernal a la que estaba consagrado el tejo y en cuyo honor se practicaba en Roma y Grecia el sacrificio de dos toros negros; coronados con guirnaldas de tejo, para atraer a los espíritus del Averno. Estos quedarían aplacados bebiendo la sangre de las víctimas.

Ovidio, por otra parte coloca a estos árboles extendiendo su sombra espesa por los caminos del infierno y a las orillas de sus ríos Styz y Aqueron (Metamorfosis IV, 432). Pero además las antorchas de las Erinias eran de madera de tejo y así nuestro árbol además de sombra en las sombras, esparcía su luz en las entrañas del Averno.

En 754, al principio del largo reinado de Carlomagno, San Bonifacio, monje, misionero, legado del papa, arzobispo, etc., destruyó numerosos árboles y bosques sagrados, y, en concreto, el Irminsul de Geismar, barrio de la actual ciudad de Fritler (Hesse, Alemania); al parecer, un grandísimo tejo milenario, que estaba considerado como el árbol sagrado por excelencia de los germanos; utilizando su madera para construir allí mismo una capilla dedicada a San Pedro.

Trasladándonos a España, Eburianus es una deidad recordada en una lápida sepulcral de la zona del Duratón (Segovia), cuyo nombre procede del céltico eburos (tejo) entre los galos, el cual es la base de topónimos como Eburobrittium (Évora) entre los lusitanos. Por otro lado, en 2009 se descubrió en Cuevas de Soria (Quintana Redonda), en un notable entorno arqueológico romano, un ara votiva dedicada en latín a este mismo Dios, en la variante Ebvros. Además, en el cercano San Esteban de Gormaz y en Dombellas se habían encontrado antes dos inscripciones funerarias que remiten a Eburos. De hecho, un mapa de localizaciones con la base eburo- muestra una amplia dispersión en el centro peninsular, con escasa representación en el norte.

La imagen de Nuestra Señora del Villar, en Igea (La Rioja) estaba escondida en el paraje conocido como Las Tejerías, probable alusión a un bosquete de tejos. Mucho más evidente es el caso del santuario dedicado a Nuestra Señora de Tejeda, en Garaballa (Cuenca). Según la creencia popular recibió tal nombre por la abundancia de tejos que había en el paraje en donde se encontró, en el año 1207. 

Sobre la tradición hay diversas versiones, una dice que se apareció a un pastor sobre el tronco de un tejo. Otra que la imagen de la virgen primigenia se había escondido a causa de los musulmanes, y en 1395 se le apareció y habló a un pastorcillo piadoso, tras mucha luz, en uno de los tres tejos que había frente a su cabaña. 

Estampa de Nuestra Señora de Tejeda, Garaballa (Cuenca) en donde se indica textualmente: "aparecida a un pastor en un tejo".

Existe la posibilidad, aunque remota, de que la expresión “tirar los tejos” provenga de este árbol, ya que en algunos pueblos de Castilla se hacían enramadas de tejo. En la aldea de Villaviciosa, anejo de Solosancho (Avila), los mozos subían a la sierra a cortar ramas de tejo, que más tarde ofrecían a las mozas.

Hay algunos pueblos de España y Portugal donde el Domingo de Ramos se bendicen precisamente ramas de tejo, por ejemplo en el Pirineo aragonés (Valle de Hecho), en Somiedo, Salamanca, Palencia, Zamora. En el pueblo de Neila (Burgos), durante el Domingo de Ramos, los vecinos llevan ramilletes de tejo o acebo, que luego colocan en las puertas de sus casas. Una vez bendecidos se colocan en tenadas, cuadras, campos de cultivos, balcones, puertas y ventanas para dar fortuna; al estilo de lo que en otras localidades se hace con boj u otro tipo de planta. 

En Semana Santa se han usado ramas de tejo para las procesiones en la Serranía de Cuenca y otros puntos. En Casavieja (Ávila) se cortaban ramas para confeccionar un arco que servía para engalanar el paso del Patrón durante las fiestas del pueblo. La tradición en el pueblo de Jerte (Cáceres) consistía en este caso en ofrecer al Cristo ramas de tejos, por lo que incluso se talaba algún ejemplar cada año, a pesar de su escasez, tradición hoy incompatible con la conservación. Nos referimos al Cristo del Amparo el 16 y 17 de Julio. 

En algunos pueblos de las sierras de Alcaraz y Segura se hacían arcos ceremoniales de ramas de tejo para recibir al obispo. Ramas de tejo eran utilizadas como símbolo en algunas fiestas de los “Quintos” de la provincia de Teruel. Durante las festividades de San Juan y San Pedro en El Espinar (Segovia), los hombres adornaban sus sombreros con ramas de tejo.

Para concluir citaremos un insólito uso registrado en la Sierra de Alcaraz: el de matar otros árboles clavándoles una estaca de tejo. Esto se hacía por ejemplo cuando había disputas de lindes, envidias por herencias y otros conflictos vecinales. La muerte del árbol se producía por desecación. 

Así pues, en nuestra opinión, el evidente culto al tejo que existe en determinadas comarcas de las regiones del cuadrante noroccidental de la península no es más que la forma que ha tomado en las mismas la dendrolatría o culto al árbol, hecho debido tanto al gran simbolismo que emana de esta especie como de la circunstancia de que en dichas regiones se ha podido obtener y hacer con cierta facilidad ejemplares del mismo. En definitiva, lo mismo que en Castilla se ha recurrido a encinas, olmos o morales por ser especies más disponibles, allí se ha recurrido al tejo, así de simple.

Fuentes:
García Pérez, Guillermo (2017). "El árbol religioso en España"
10 años de estudio sobre Taxus Baccata (tejo) y la Sierra de Tejeda, Málaga, 2009.
Elaboración propia.

EN OCASIONES VEO TEJOS (PARTE 1 DE 3)


Mapa elaborado por miembros del movimiento etnocentrista expansionista cantabrista.

La dendrolatría o culto a los árboles en sus distintas formas, tanto de forma general como singularizada en determinadas especies y ejemplares, está extendida desde tiempo inmemorial por todas las culturas occidentales, tanto las de corte atlántico como las de corte mediterráneo.

Dentro de las especies habituales en este tipo de creencias ancestrales, sin duda el tejo ocupa un lugar preeminente. No son pocas las personas que en la planificación de sus viajes incluyen la visita a algún bosque de tejos centenarios: Su longevidad, su toxicidad (lo que le convierte a la vez en el árbol de la vida y de la muerte), su resistencia incluso en las condiciones más duras (incluyendo la facilidad para rebrotar), la forma de sus troncos y su color oscuro que lo hace destacar en lo más profundo del bosque le han hecho ganar una merecida fama, que se extiende incluso a su uso ornamental en numerosos jardines de toda Europa (uso este que se remonta al menos al siglo XVI). 

Es totalmente cierto e impactante que en determinadas comarcas del noroeste español (no en todas, desde luego, ni siquiera en la mayoría) la presencia de tejos centenarios al lado de iglesias, ermitas y otras edificaciones llega a ser sobrecogedora. Otra cosa es que nuestros “amigos” cantabristas, en la construcción de una inexistente identidad “milenaria” merinesa vinculada a Cantabria, en detrimento de lo burgalés y castellano, hayan desarrollado uno de sus argumentos supuestamente más consistentes en la existencia de una serie de tejos “de culto” (es decir, plantados exprofeso con una determinada finalidad o con un cierto simbolismo para el ser humano) en la zona de Merindades. 

La existencia de estos ejemplares en esta comarca y la inexistencia de los mismos en otras zonas provinciales vendría a demostrar (“una vez más”) que Merindades se diferencia del estándar castellano (monótono y homogéneo bajo su prisma), y se vincula con el noroeste Peninsular en donde este tipo de árboles está más extendido, y por extensión a los países “celtas” del arco atlántico. En este y en próximos artículos demostraremos que esta conclusión “facilona” es muy, pero que muy matizable, hasta el punto de quedar prácticamente en agua de borrajas.

La Naturaleza entiende de climas y geobotánica, cambiantes también a largo plazo, pero no de pretenciosos movimientos etnocentristas. Si observamos un mapa de distribución natural del tejo en España, veremos que efectivamente aparece en gran número de cadenas montañosas. Sin embargo, en las regiones con mayor grado de temperatura e insolación se refugia en rodales situados en gargantas muy protegidas del sol, a menudo muy poco accesibles y a gran altitud. Además, en este tipo de climas cuando se quiere cultivar en zonas llanas precisa de cuidados especiales; en caso contrario se seca o crece con mucha lentitud.

Por ello, nos resulta lógico que el culto específico al árbol del tejo se haya desarrollado y conservado de una manera más intensa en países y regiones cuyo clima ha permitido una mayor interacción entre el hombre y el árbol; porque este se desarrolle en el fondo de los valles y crezca con relativa rapidez y lozanía, caso que sucede en la cuenca atlántica europea en particular y en el cantábrico español en particular.

Además, en su traslación hasta nuestros días y como sucede para otro tipo de árboles simbólicos y en general para todo tipo de costumbres ancestrales y paganas (este es un argumento que ya hemos señalado y lo seguiremos haciendo en el futuro) las reminiscencias de estas creencias han encontrado mejor refugio en zonas rurales montañosas; y por eso sus rastros son más evidentes y abundantes en unas regiones que en otras. 

Evidencias de lo que estamos hablando las encontramos en determinados ejemplares localizados en regiones europeas fuera de lo que popularmente se tiende a identificar con el “ámbito celta”, pero sí adecuadas para el crecimiento del tejo. En los mismos vemos una casuística que determinados razonamientos interesados quieren hacer que es exclusiva de las comarcas y países del arco atlántico.
Por ejemplo junto a la iglesia de Santa María de Cavandone, en Italia, se encuentra un tejo de unos cuatro metros de perímetro de tronco que se supone plantado en el siglo XVII. En el mismo país, en el Monasterio di Fonte Avellana existe un tejo que se cree plantado en 1530. Incluso se puede encontrar un gran tejo en el centro de la populosa plaza Giovine de Milán.

Junto a la iglesia de Pruske, en Eslovaquia, crece un robusto tejo que con sus cinco metros de perímetro es considerado el mayor de todo el país. Un caso parecido es el tejo de Bystrzyca (Polonia) que crece en el terreno de lo que fue el cementerio de una antigua iglesia. Según la leyenda, el árbol fue plantado por los habitantes finalizada la construcción de esta iglesia (alrededor del año 1217), en honor a su fundadora princesa Eduviges, posteriormente proclamada santa. 


No obstante no es este el tejo más anciano de Polonia, ni ninguno que se sitúe en alguna alta montaña; el honor le corresponde a un ejemplar anexo a una vivienda, que acompañamos a este artículo. Un caso parecido lo encontramos en el enorme tejo de Krompach (República Checa). 

Un estupendo tejo crece en el cementerio de Dürnau (Alemania); caso parecido al de Deneuvre, localidad cercana a los Alpes Franceses. En España encontramos el caso del tejo de la iglesia de Sant Miquel de Sacot, en la comarca Catalana de la Garrocha.

Fuente de la foto y de parte de los datos: https://www.monumentaltrees.com.

lunes, 27 de mayo de 2019

Folclore y etnografía burgaleses: la dulzaina


La dulzaina es un instrumento aerófono archiconocido en la mayor parte de la Península Ibérica, y por supuesto también en Merindades. Basta recordar el indeleble recuerdo que dejó en todos los que le conocieron Pedro Barcina, el dulzainero de El Almiñé.

Su agudo soniquete ha amenizado las fiestas de nuestros pueblos, y aún lo sigue haciendo, aunque bastante desplazada desde que hace algunas décadas se fueron expandiendo las bandas que emplean instrumentos modernos. Cabe decir que esta circunstancia también se daba en el territorio de la actual Cantabria, pese a que a nivel etnográfico se vea hoy en día desplazada por instrumentos más “cool”, como los rabeles o las gaitas. Afortunadamente en la localidad de Colindres aún se sigue celebrando anualmente un afamado encuentro de dulzaineros.

Se dice que proviene de un antiguo arquetipo traído por los árabes, del que derivaría inicialmente la “chirimía”. De esta a su vez aparecería una variante más “culta”, el oboe, y otra más popular, la dulzaina. Este último instrumento resultaba relativamente fácil de fabricar para un artesano experto, con lo que su accesibilidad era mayor. Este hecho, junto con su sonido penetrante, la convirtió en la reina de nuestros bailes, acompañada ineludiblemente del tambor.

De todas formas parece que su implantación en nuestra provincia, y en general en el norte peninsular es relativamente reciente, a partir del siglo XVIII y XIX desplazando a las diversas versiones de flautas y pitos; pareciendo provenir de una irrupción desde tierras levantinas y aragonesas; proceso que pudo venir aparejado de la adopción de esa vestimenta tan relativamente homogénea de algunos de nuestros festejos y que comentaremos en un próximo artículo.

Fuente: Cancionero popular de Burgos. Tomo VII.

Estatua del dulzainero y el tamborilero que se encuentra en la calle San Lesmes de la capital. Fuente:todostenemosundoble.blogspot.com

martes, 7 de mayo de 2019

Los Mayos y las Mayas

 
La "maya" en las Machorras durante la celebración de la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves


La costumbre de “pingar Mayos”, que se celebra en varios pueblos serranos burgaleses, consiste en la selección del árbol más alto del monte, generalmente un pino, su tala y transporte al centro del pueblo y su erección con el esfuerzo y colaboración de los mozos (hoy en día de todo el que tiene ganas de echar una mano). Recibe tal denominación porque se realiza con la entrada de dicho mes, generalmente el primer fin de semana.

Esta costumbre tiene evidentes connotaciones fálicas y sociales, además de suponer, al menos en origen, un rito iniciático del paso de la juventud a la madurez. También se relaciona con un antiguo culto primaveral en el que con la presencia de este árbol, otro ejemplo de dendrolatría, se pretendía propiciar la prosperidad de cosechas y ganados, así como la fecundidad de las mujeres.

Lo que no es muy conocido es que esta costumbre también existía en algunos pueblos del norte burgalés (tenemos indicios de su existencia en el Alfoz de Santa Gadea), conservándose sólo en la localidad de Las Machorras. Esta variante, que recibe el nombre de Maya, no tiene lugar en mayo sino con ocasión de las fiestas locales (en el caso de Las Machorras durante su afamada fiesta de Las Nieves) y el árbol es sustituido con otro más acorde con la vegetación local (en el caso de Las Machorras, un haya a la que se retira la corteza). En realidad, la fiesta de las Mayas también se celebra en diversas localidades de Asturias y Cantabria.

Lo cierto es que este rito, con sus diferentes variantes, está relativamente extendido por España y Europa. Dentro de Castilla y León lo encontramos en comarcas de todas las provincias. En la comarca de La Toscana la expresión “appicare il maio ad una porta” significa lograr la conquista de una mujer.

miércoles, 24 de abril de 2019

Folclore y etnografía burgaleses: la canción de las doce palabras de Cristo.

Pueblo de Ahedo de Lianres, en la Merindad de Sotoscueva, unos de los citados en el texto, con la impactante muela del Dulla al fondo
Ahora que nos adentramos en Semana Santa queremos recordar una
tonada difundidísima en el folclore español, que aparece en todas las recopilaciones, aunque pocas veces con tanta variedad como en Burgos. Además, según los expertos todas las fórmulas conservadas en nuestra provincia son protomelódicas con un evidente arcaísmo. Anotamos aquí los primeros versos recogidos por García Matos en 1953 en Salas de los Infantes; y recopilados por el grupo Yesca en su "Cantos de la Vieja Castilla".

"De las doce palabras que dijo cristo bien dichas y bien retorneadas dime la una.
una la Virgen pura, que es mejor que ninguna..."
Y se convierte en una preciosa canción enumerativa:
Dos las tablas de Moises
tres las tres Marías...

que podéis oír en este enlace:
https://www.musicatradicional.eu/piece/17392

Además de Salas de los Infantes, fue cantada por informantes de lugares como Valdezate, Ahedo de Linares, Coruña del Conde, Cabañes de Esgueva, Itero del Castillo, Sasamón, Arenillas de Riopisuerga o San Zadornil.

La unión de números y religión ha llevado a distintos autores a asociarla a una procedencia oriental, a cantos de la Pascua hebrea, o a la tradición druídica celta. Lo cierto es que parece tener algo de conjuro mágico y no sólo de simple recordatorio catequético.

Hoy, a la mayoría de las personas apenas les suenan expresiones como: ‘las once mil vírgenes’, ‘los nueve coros’, o ‘las seis candelas que ardían en Galilea’. Al igual que las representaciones presentes en pórticos, o canecillos de las viejas iglesias enseñaban o recordaban hechos y personajes que eran conocidos por un pueblo ágrafo, pero no necesariamente inculto, cantos como el presente repetían conceptos de la confesión religiosa dominante.

Fuente: Cancionero Popular de Burgos

martes, 2 de abril de 2019

Folclore y Etnografía Burgaleses: El Pastor y Marzo.

Villamartín de Sotoscueva, con las "conchas" al fondo.

En el pequeño y bello pueblo de Villamartín de Sotoscueva se recogió este brevísimo cuento:

Había un pastor que decía :
-Marzo, marzuco
tras de mí floreció el saúco.
y le contesta marzo :
-¡Calla, pastor malvado,
que con tres días que me faltan
y dos que me preste abril mi hermano,
te he de hacer andar
con los carneros al hombro
y los cencerros en la mano!

Este cuento encierra un sencillo mensaje en el que se quiere avisar sobre el peligro que puede suponer dar por terminado el invierno antes de tiempo, especialmente para el ganado. Lo realmente curioso es que esta anécdota encuentra paralelos tanto en el tiempo como en el espacio.

De hecho, en el siglo XVI, Francisco de Espinosa, en su Refranero compuesto entre 1527 y 1547, ya recoge la siguiente versión:
"Cuando marco buelbe de rrabo,
ni dexa ni pasto[r] encamarrado
ni carnero encencerrado".

Gonzalo Correas, en su Vocabulario de refranes fechado en 1627, anotó esta versión:
"Si marzo buelbe de rrabo, ni kedará ovexa, ni pastor enzamarrado."

Pero la anécdota "pastoril" sobreviviente en tierras burgalesas no tiene el único mérito de ser vieja y de contar con venerables paralelos renacentistas y barrocos. Se trata, en efecto, de una versión del extendidísimo cuento de "El pastor y marzo", que es bien conocido en toda la geografía española, y también de otros países y tradiciones, como Francia, Suiza, Italia, Gran Bretaña, Malta; y también del mundo árabe, africano y asiático, como Marruecos, Palestina, Siria o Líbano".

La creencia de que los últimos días de marzo y los primeros de abril son especialmente peligrosos para los ganados, encerrados y agotados tras un largo invierno, está muy arraigada en una geografía tradicional muy amplia (incluso en algunos lugares se creía que estos días eran especialmente aciagos para todo tipo de negocio); pero donde más ritualizada ha quedado esta creencia es, seguramente, en el País Vasco y en Navarra, donde se hallan implantadas determinadas fiestas en honor de "la Virgen de Marzo" -Ia festividad cristiana de la Anunciación a la Virgen-, que se celebra cada 25 de marzo, es decir, cuando a este mes le quedan ya pocos días para extinguirse.

Fuente: “Cuentos burgaleses de tradición oral” Elías Rubio, José Manuel Pedrosa, Cesar-Javier Palacios (2002).

lunes, 11 de marzo de 2019

El jueves de Todos

Valle de Mena desde la zona de Nava de Ordunte

Este jueves, el anterior al carnaval, también se llamaba “jueves lardero”; nombre derivado de “lardo”, denominación que se ha venido dando al tocino, y que equivale a graso o grasiento.
Dado que en la cuaresma se prohibía comer carne y condimentar las comidas con grasa de animales, era ese jueves Lardero la fiesta en que las comilonas pre-carnavalescas se hacían a base de los productos más grasientos que diesen fuerza para aguantas las “cuarentenas” o “carnestolendas” que ya amenazaban por el horizonte del calendario. Estas denominaciones vienen de muy atrás, y ya las recogía el Arcipreste de Hita en el Libro del buen Amor:
“estando a la mesa con Don Jueves Lardero, troxo a mí dos cartas un ligero trotero”.
La comida del Jueves de Todos la hacían los niños gracias a los donativos recibidos, y para ello aflojaban el sentimiento a base de canciones. La lista de pueblos de Burgos en las que los cantos petitorios de los niños han iluminado las caras de los mayores, a la vez que han aliviado sus bolsillos, sería interminable: Temiño, Buezo, Rubena. Eterna, Quintanalaloranco, La Bureba, la sierra de la Demanda, o todo el valle de Mena (el cual podemos contemplar en la imagen desde la zona de Nava de Ordunte).

¿Tenéis recuerdos del jueves de todos?

Los carnavales ancestrales burgaleses

Imagen del desaparecido "zarramoque" de Palazuelos de la Sierra según ilustración de Luiso Orte publicada en el libro "indumentaria burgalesa popular y festera". El libro surgió en parte de un trabajo de campo realizado en 1985 por el desaparecido servicio de etnografía de la Diputación de Burgos. Este libro ha servido también como fuente principal de información en la elaboración de este pequeño artículo

“Venía delante y haciendo anchura un hombre vestido de botarga o birria, con calzones de lienzo pintado; chaleco azul; ungarina amarilla, con jirones a trechos que descubrían forro encarnado; medias negras, zapatos blancos; con una máscara tan fea que atemorizaba a los muchachos y gentes poco versadas en ver figuras, y en el remate y cabeza hacían como divisa de corona tres cuernos, en la mano traía una espaldilla de componer cáñamo y con ella hacía tantos ademanes que apartaba a la chusma”

(extracto de un relato anónimo recogido en Boada de Roa en el siglo XVIII)
Si hay una fiesta del medio rural que tiene un carácter ancestral y pagano esa es sin duda la del carnaval, en sus diferentes formas. En efecto, muchas otras han sido paulatinamente sacralizadas por la iglesia, que en lugar de luchar contra el arraigo de las mismas las ha ido transformando en festividades religiosas de modo que poco a poco fuera cayendo en el olvido el origen primigenio. Pero el carnaval, por su propia esencia, es muy difícil de convertir en fiesta cristiana. La única opción era optar por su prohibición, o en su modulación mediante el rito de purificación del miércoles de ceniza y el posterior periodo de cuaresma. 

Así, para rastrear la esencia cultural secular de un territorio es un buen referente analizar los carnavales tradicionales que hayan podido pervivir. Pero como en el caso de otras festividades, creemos que no se pueden hacer asociaciones directas entre el hecho de que en una zona se hayan conservado más ejemplos de carnavales de corte “atávico” y la conclusión de que esa zona tuviese una cultura milenaria diferente a la de otras zonas cercanas. 

Si meditamos sobre el asunto, la explicación de porqué en unos lugares se conservan modalidades singulares de carnaval (y de otro tipo de ritos) y en otras no, puede estar en razones más bien prosaicas: la primera, que en zonas montañosas, y en general aisladas, las corrientes homogeneizadoras de la iglesia y sociedad convencional han llegado más tarde y con menos fuerza, y la segunda, que, dentro de estas zonas, las localidades que han resistido un poco mejor los embates de la despoblación han sido las que han logrado mantener ininterrumpida la “correa de la transmisión” de este patrimonio inmaterial.

Si observamos en un mapa los lugares en los que se conservan fiestas singulares cuyo origen se pierde en los siglos, vemos como en buena parte de los casos se pueden explicar con las sencillas razones que acabamos de apuntar, sin tener que recurrir por ejemplo, a extender la creencia de un noroeste peninsular diferenciado desde hace milenios del resto por su conexión con las culturas celtas del área británica. En definitiva, creemos que si nos pudiéramos retrotraer apenas dos o tres siglos veríamos un panorama en el que este tipo de ritos se mantenía en muchos más lugares de España y con generales similitudes entre territorios adyacentes.

En el caso de la provincia de Burgos nos encontramos con una situación que casa muy bien con lo que acabamos de comentar. Los pueblos que aún conservan carnavales tradicionales se cuentan con los dedos de la mano; curiosamente ninguno se sitúa en el norte de “esencia cántabra”, sino más bien en la zona de Tierra Lara o de “presierra” de la Demanda Burgalesa. ¿Significa esto que no había carnavales tradicionales en los pueblos aledaños o en el norte de Burgos?.

Nada de eso, si consultamos los registros de los etnógrafos, vemos que todas estas fiestas sufrieron un momento de crisis en la fase más aguda del despoblamiento rural, pero que en estos pocos casos hubo unas pocas personas clave que permitieron mantener la tradición o, al menos, dejar un registro de la misma que permitiera su recuperación posterior. Son los casos, por ejemplo, de Mecerreyes o Hacinas; y más cerca de nuestra comarca, Poza de la Sal u Oña.

En otras ocasiones, sencillamente, no existieron estas personas clave; pero el trabajo de los etnólogos ha permitido dejar constancia de que existieron estas costumbres. Son los casos de los valles de Manzanedo y Zamanzas (donde existieron festividades con ciertas similitudes a la ahora archiconocida y masificada Vijanera de Silió, en Cantabria) o Criales de Losa, por citar sólo dos ejemplos de nuestra comarca.

Y creemos que habrán sido unos cuantos más en los que el último conocedor de la tradición habrá fallecido sin que nadie haya podido dejar registro de la misma. Esta situación habrá sido más frecuente en lugares en donde la tradición hace más tiempo que se dejó de celebrar, y lógicamente esta circunstancia es mucho más habitual en comarcas más cercanas a la influencia de la ciudad.