lunes, 17 de septiembre de 2018

La teoría de la Cantabria Trasmontana y la Cantabria Cismontana en la época visigoda

Posible situación del centro norte peninsular en el siglo V Adaptado de García González "Castilla en tiempos de Fernán González"
Juan José García González desarrolló en varios de sus escritos una teoría en la que reflexionaba sobre la posible diferente dinámica entre la Cantabria trasmontana, o de aguas al mar, y la Cantabria cismontana o de aguas al Ebro. Busca los indicios de esta diferencia en los datos existentes para ambas zonas desde el periodo final del imperio romano.

Según García González, durante el devenir del sometimiento al imperio, el sector atlántico se volvió descaradamente hacia el mar y (a través de él y de los enlaces terrestres por la línea de costa) hacia la región de Aquitania, uno de los grandes graneros del mundo romano. De hecho tal vez se puedan buscar los indicios de esta relación varios siglos antes, cuando los cántabros se encontraron del lado de los Aquitanos luchando contra las huestes de César.

“Mas perseguidos de la caballería por aquellas espaciosas llanuras, de cincuenta mil hombres venidos, según constaba, de Aquitania y Cantabria, apenas dejó con vida la cuarta parte, y ya muy de noche se retiró a sus cuarteles” (Julio Cesar, Comentarios de la guerra de las Galias)

Si se suman los castra nativos pre o protourbanos activados, los fora normalizados o específicamente constituidos, las stationes promovidas a intervalos tasados en los tramos viarios, los portus impulsados en el andén litoral y las civitates creadas expresamente, al autor no le cabe ninguna duda que la mecánica estimuladora del tipo mercantil quedó aceptablemente implantada en el contexto de la cordillera septentrional.

Con el desbordamiento de los pirineos el año 409 por diversas partidas de suevos, vándalos y alanos, se abrió para el tercio septentrional peninsular un periodo revuelto. Los fue en un tono relativamente moderado para el litoral cántabro, que hasta el año 429 tuvo que transigir con la presencia incidental de los vándalos, asdingos y que en el año 456 tuvo que soportar un cruel y depredador ataque puntual de los hérulos por mar. El trance resultó bastante más duro para el flanco somontano y para los espacios abiertos inmediatos, pues fueron incesantemente recorridos en una y otra dirección en son de guerra por los suevos y los visigodos cuando menos hasta mediados de la siguiente centuria.

A la entrada en la segunda mitad del siglo VI, el contraste entre la situación general de ambas vertientes de la cordillera era radical: al norte de la barrera de picachos, se tributaba a los merovingios con notable apacibilidad. Ese es el dato que nos ofrece Fredegario Escolástico, al mostrar a Cantabria como un ducado tributario de los francos.

“Provinciam Cantabriam Gothorum regno subaegit, quam aliquando Franci possederant. Dux Francio …”

El más notable ejemplo que nos ofrece la documentación de esta situación calmada es el registro, en el año 574, del devenir de un tal Maurano, que esperaba con renovada paciencia en la costa norteña el paso del tercer navío de la expedición marítima que había de llevarle a Tours, via Burdeos, en su intento por recuperar ante la tumba del milagroso San Martín la voz inopinadamente perdida. Al sur, sin embargo, la franja cismontana era sometida por la fuerza en ese mismo año por parte de Leovigildo, lo que deja bien claro que la Cantabria a la que hacían referencia los visigodos no integraba, al menos inicialmente, la franja costera.

No será hasta décadas más tarde, hacia 613 y una vez rendido el estado suevo, cuando Sisebuto ordenó a sus duces, Rikila y Suinthila, que invadieran la franja costera, que García González identifica con el territorio de los Ruccones que menciona la documentación. Es decir, el cronista habría acuñado este término (ruccones) porque para él resultaba evidente que el territorio conquistado en esa campaña no correspondía a la misma realidad que la Cantabria integrada en el reino décadas antes.

Fuente: “Cuadernos burgaleses de Historia Medieval” (Tomo II y anexo) (1995) y “Castilla en tiempos de Fernán González” (2008) Juan José García González.

lunes, 10 de septiembre de 2018

Una reinterpretación del supuesto "limes" del norte de Burgos


El Castillo. Peña Amaya

Una interpretación que aún tiene un cierto predicamento, incluso entre profesionales, es la existencia de una supuesta frontera o “limes” que primero los romanos (en su época de declive) y luego los visigodos establecieron al norte de las actuales provincias de Burgos para defenderse de unos pobladores montañeses que nunca habrían acabado de romanizarse y por lo tanto continuaban representando una amenaza. El fundamento de estas teorías es la pervivencia en la antigüedad tardía y la primera parte de la Edad Media de determinados emplazamientos de tipo defensivo, especialmente, en el territorio de nuestra provincia, los de Peña Amaya y Tedeja y quizá también el de castro Siero.

Sin embargo, una interpenetración alternativa aparece en el libro “Los cántabros en la antigüedad. La historia frente al mito”. En el mismo, partiendo del estudio de los yacimientos anejos Mave y Monte Cildá (Palencia) se propone que en la época de inestabilidad que se experimentó a partir del siglo IV los habitantes de los principales poblamientos en llano volverían a reocupar los emplazamientos en altura más cercanos, formando pares de agrupamientos poblacionales que de algún modo serían el inicio del modo de ocupación castellero y feudal, civil y de siglos posteriores.

Este tipo de asociación de poblamientos llano-monte se reproduciría también en los casos de Amaya (tal y como apunta Quintana), Tedeja y quizás en Castro Siero (Valdelateja). El objetivo era buscar sitios con buen control del territorio y de las vías de comunicación, y fáciles de defender. Pero lo mismos no formarían ningún tipo de línea específicamente organizada frente a hipotéticos ataques desde un norte mínimamente organizado, sino que se trataría de emplazamientos independientes diseñados para poder administrar el territorio circundante y ser lo más resistentes posibles a cualquier tipo de amenaza.

Arribas Magro apunta a varias posibilidades más de este tipo de poblamientos derivados de un castro, relacionados con asentamientos de valle datados en época visigoda. El Pópilo se localiza en el término de Herrán al pie de un cerro cónico denominado el Castillo. San Juan de Hoz se ubica en Cillaperlata en una estrechísima hoz que le da nombre, también situado al pie de un cerro denominado El Castro. La distancia que separa los dos últimos monasterios de los topónimos defensivos no llega a los 900 metros, con lo que considera que se construyeron al amparo de los mismos. En el mismo periodo tenemos la basílica visigoda de Santa María (Mijangos), de la que se conserva la piedra fundacional del último decenio del siglo VI, construida al amparo de un Castillo.

En palabras de Lecanda, investigador del yacimiento de Tedeja “no parece irracional pensar que existe una necesidad real no tanto de separar y aislar dos espacios, dos sociedades enemigas y antagónicas, como de garantizar cierta seguridad a las zonas más integradas en los esquemas del imperio, al tiempo que facilitar la conexión con aquellas partes del mismo que se ven, por su marginalidad, un tanto amenazadas. Y ello con más razón porque en esta época el limes ya no se correspondía con una línea de fortificaciones, sino que lo que se protegía era sobre todo las vías de comunicación estratégicas”.

El mismo Lecanda, en otro artículo posterior (2009) dice que “tras la prolongada fase de inestabilidad del siglo III y más especial y directamente la del siglo V, muchos de estos poblados rurales buscarán la protección de un emplazamiento enriscado, en lugares estratégicos, aunque no necesariamente en castros prerromanos reutilizados. Son los castella, otra forma de habitación rural de la que nos hablan las fuentes y que en muchos casos serán ya enclaves con solución de continuidad en los siglos posteriores. Posiblemente estamos hablando del asentamiento en ellos de un colectivo humano de funcionalidad militar y no esencialmente agraria, lo que dada la estructuración sociopolítica del reino visigodo podría denotar el establecimiento de miembros de una cierta élite, dotada de poderes delegados en tanto que responsables últimos de la seguridad de ciertos pasos estratégicos o zonas peligrosas. Desde luego la función de control de rutas estratégicas y protección de núcleos importantes parece ser el origen de este tipo de asentamientos en época bajoimperial, fecha a partir de la cual se irá produciendo su transformación de asentamiento militar hacia asentamiento también poblacional.

Fuentes:
“Los Cántabros en la Antigüedad. La historia frente al mito.” VVAA. Universidad de Cantabria (2008)
“Tedeja y el control político del territorio del norte burgalés en época tardorromana, visigoda alto y pleno medieval” Jose Ángel Lecanda Esteban y otros. V Congreso de Arqueología Medieval Española. (1999).
“El Panorama urbano y las formas de poblamiento en en antiguo Ducado de Cantabria”. José Ángel Lecanda. Congreso sobre espacios urbanos en el occidente mediterráneo (Siglos VI – VIII) (2009).
“Las Merindades de Burgos. (300 ac-1560)”. Maria del Carmen Arribas Magro (2016)

jueves, 6 de septiembre de 2018

Las merindades en el ocaso del Imperio Romano


Desfiladero de la Horadada desde la fortaleza de Tedeja, de origen tardoromano.

Desde finales del siglo III el imperio romano empezó a descomponerse, de modo que las estructuras de poder empezaron a disolverse, especialmente en los extremos más apartados y menos romanizados. Ello permitió, en opinión de algunos “que los cántabros recuperasen su autonomía”.

Pero ¿De qué autonomía estamos hablando? En post anteriores ya hemos mostrado serias dudas de que realmente los cántabros formasen un todo homogéneo antes de la conquista, y de que dicho pueblo estuviese marcadamente diferenciado del que representasen sus vecinos autrigones y turmogos. Tenemos aún más dudas ante cualquier afirmación de que este supuesto “carácter peculiar cántabro” permaneciera durante todo el periodo de dominación, y también de que los moradores de esta zona que se encontraron con esta “independencia sobrevenida” tuviesen mucho que ver con los que lo hicieron 300 o 400 años antes.

En nuestra opinión esta zona, como otras de carácter rural y agreste, y alejadas de los centros de poder, se desvincularon de forma más o menos natural de las estructuras del imperio. Es bastante probable que desde este periodo fuesen área de acogida de grupos de diferentes perfiles se alejaban de los centros de poder (campesinos arruinados, perseguidos por la ley, opositores caídos en desgracia…), constituidos en buena medida por lo que se ha dado en llamar el movimiento “bagauda”.

Este tipo de áreas se convirtieron en refugio de gente desheredada, aprovechándose de los mecanismos de “pactos de hospitalidad” aún existentes, que con el tiempo se fue organizando para una defensa común, pero en ningún caso con la idea de desarrollar una identidad nacional y menos aún vinculada a los cántabros prerromanos. Las primeras oleadas bárbaras, de carácter esencialmente pacífico, se integraron también en estas peculiares estructuras. Los propios hispanos, incluso señores locales, colaboraron para librarse de la sujeción a Roma y de una política fiscal abusiva.

Fueron este tipo de colectividades unidas por un destino común, no por un origen étnico común, contra las que Roma (que las consideraba poco más que bandidos) enviaría en varias ocasiones tropas comitatenses desde Italia para acabar con ellos sin éxito. Posteriormente vándalos y alanos evitaron también estas zonas en sus incursiones, dado que su propia desesperación y el saberse dueños de su destino les hacía mucho más efectivos en la defensa que las descompuestas legiones imperiales. Por otro lado, y como ya había sucedido siglos antes, y quizás este sea el factor fundamental, este territorio se favoreció del hecho de que su dominación nunca resultara prioritaria para los diversos pueblos invasores que fueron entrando en la península.

En todo caso, es buen signo de lo que estamos afirmando que las circunstancias en las que se encontró el tercio norte burgalés (y en general toda la provincia) a partir del siglo IV se iniciaron a consecuencia de hechos acontecidos fuera del territorio. Es decir, se trató de la necesidad de dar una respuesta ante hechos que venían dados desde fuera. Volvemos a recalcar que desde el final de la conquista no hay un solo signo de rebeldía de carácter étnico ni tampoco de la constitución de un territorio en torno al mismo.

Volvemos a referirnos a un pasaje del libro “Los cántabros en la antigüedad. La Historia frente al mito”: “Sus habitantes no aprovecharon la coyuntura turbulenta de estos tiempos en la Península ni lucharon conscientemente por su independencia, muy probablemente, porque desde hacía mucho tiempo habían dejado de funcionar los lazos y mecanismos (sociales, políticos, guerreros, territoriales y religiosos) que antaño mantenían vivos los sentimientos de pertenencia a una comunidad (populus, oppidum). Era primordial sobrevivir en estos tiempos en el día a día antes de preocuparse por estas cuestiones de “ligazón nacional”. La independencia les llegó por el contrario porque cesó simplemente la acción de gobierno de Roma; les llegó sin luchar por ella, sin que aflorara la belicosidad y el irredentismo del pasado”.

Fuentes:

“Los Cántabros en la Antigüedad. La historia frente al mito.” VVAA. Universidad de Cantabria (2008)
“Historia de los godos”.Rosa Sanz Serrano (2009)
“Arqueología de los Autrigones. Señores de la Bureba”. Rosa Sanz Serrano, Ignacio Ruiz Vélez, Hermann Parzinger (2012)

lunes, 3 de septiembre de 2018

El norte de Burgos tras la conquista romana

Elementos de aculturación romana en Merindades. Adaptado de Juan José García González "Castilla en tiempos de Fernán González".

Conectando con lo que comentábamos en artículos anteriores, existe una corriente de opinión apoyada cada vez por menos expertos pero sí por muchos aficionados, que viene a afirmar que los habitantes de la Cantabria prerromana, al contrario que en el caso de otros pueblos próximos, siguieron viviendo básicamente de la misma manera y siguieron siendo relativamente autónomos hasta la invasión musulmana. De ahí, y de su heroica resistencia al invasor romano, vendría la esencia de su supuesta singularidad cultural que se habría transmitido en cierta manera hasta nuestros días.

Nosotros creemos que no hay ninguna evidencia de que los hechos históricos y los hallazgos arqueológicos no se puedan explicar por una suma de los siguientes factores: (a) A Roma no le interesó ocupar las zonas más agrestes y básicamente improductivas, salvo en lo relacionado a construcción de las vías de tránsito y su control. (b) se produjo una importante contracción poblacional como consecuencia de las Guerras Cántabras y los nuevos modos habitacionales impuestos por la metrópoli. 


En su libro "Las Merindades de Burgos. 300 aC-1560", Mª Del Carmen Arribas Magro detecta 40 lugares con indicios de ocupación romana en las Merindades. De la observación de los mismos podemos ver cómo en los municipios del cuadrante septentrional no existen yacimientos romanos relacionados con lugares de habitación más que los estrictamente militares e indicios de trazados viarios. Por el contrario, en las amplias áreas llanas o de media montaña del centro y el oriente encontramos mucha más abundancia, incluidas dos villas y una explotación minera. Estos registros son perfectamente explicables por la mayor o menor facilidad para el desarrollo de la agricultura extensiva, sin tener que acudir a teorías relacionadas con la belicosidad de sus habitantes.

Por su parte Juan José García González identifica unos 15 emplazamientos similares en la comarca de las Loras. No son muchos ni en general muy llamativos, pero quizás la pregunta sea ¿Hasta qué punto puso interés roma en colonizar este territorio? Por otro lado, como es lógico, las evidencias de romanización se concentran especialmente en las áreas llanas, mientras que en la parte más montañosa de la zona noroccidental se limita básicamente a destacamentos o “turris” de control asociados a las vías y pasos principales.

Son estos destacamentos los que se convertirán en los principales difusores del modo de vida romano (si se quiere, la famosa “aculturación”) convirtiéndose algunos con el tiempo en pequeñas localidades centralizadoras del pequeño comercio y la administración, como podría ser los casos de Tedeja y Amaya. Evidentemente nunca podremos hablar de una romanización al estilo de las grandes villas y ciudades romanas, pero creer que más de tres siglos de dominio romano sin altercados de relevancia no sirvieron para homogeneizar la zona creemos que se puede calificar, cuando menos, de muy aventurado.

Adicionalmente, La doctora Arribas Magro también apunta a la posibilidad de que los topónimos derivados de “civitas” tengan un origen romano o visigodo. En el falsificado documento del año 800 se cita la "civitate de Area Patriani in territorio Castelle." ciudad que en 807 será ya territorio. También tenemos Cidad de Ebro en el valle de Manzanedo y Cidad de Valdeporres, lugares que aún perduran.

La toponimia nos ha dejado también una Cidad junto a Cillaperlata, otra junto a Soncillo, y dos ciudades más junto a los lugares de Castresana y de Quincoces de Yuso. Y por último una referencia documental a la octava ciudad: en el Libro Becerro de las Behetrías se recoge el sitio de "Lastras de Uilla de Ciudat", (escrito Cibdat), en el actual terreno de Lastras de las Heras. En el entorno de este último lugar se localiza el muy significativo y único topónimo "Godo" de las Merindades. A unos 600 metros, dentro del mismo término, hay un yacimiento de San Martin y la parroquial es del pueblo tiene la advocación de San Andrés. Todos estos indicios apuntan a que podamos estar ante el verdadero emplazamiento de la "famosa" Area Patriniani.

miércoles, 25 de julio de 2018

Indicios tempranos de cristianismo en Merindades

Lápida de Villaventín. Museo de Burgos. 
Tradicionalmente se ha aludido a la cristianización tardía de determinados territorios, entre ellos el norte de Burgos, como una de las pruebas de que dicha zona fue escasamente romanizada y que sus pobladores conservaron un cierto grado de autonomía que les permitiría reorganizarse en el momento en el que el imperio empezó a debilitarse.

Se podría atestiguar un caso de cristianismo aislado de la época romana en la estela funeraria de Villaventín, del s. IV. En ella, sobre una inscripción típicamente romana (D. M. LUCRETIA COIUGI PIENTISSIME), hay un tosco relieve en el que están representadas tres personas de pie, cada una de las cuales está enmarcada por pilastras, capiteles y arquitos de medio punto. La estela carece de cualquier signo cristiano pero Abásolo, Andrés Ordax y B. Castillo tienden a interpretar la escena como una esquemática representación del episodio bíblico de Susana y los ancianos. Se trataría, pues, de una decoración de carácter cristiano –el tema aparece ya en catacumbas romanas del s. II–, coexistente con una fórmula pagana (Diis Manibus).

En 1973, Guerra Gómez, apunta a otro rastro temprano de cristianismo aludiendo a una lápida funeraria, bastante plana, con forma de cabeza humana, hallada en el Vado, barrio de Medina de Pomar. A juzgar por el pez, la letra alfa y la omega diseñadas en ella, se trataría de una lápida paleocristiana de los s. V-VI. Lamentablemente esta lápida se encuentra perdida actualmente.

Fuente:
“Las Merindades de Burgos. (300 ac-1560)”. Maria del Carmen Arribas Magro (2016)

jueves, 12 de julio de 2018

En ocasiones veo hexápétalas



Los símbolos denominados hexafolias, hexapétalas o rosáceas son elementos bastante comunes en la ornamentación de las estelas de época romana. A su extensión ha contribuido sin duda la relativa facilidad de su trazado a partir del dibujo de circunferencias consecutivas.

Tablilla de Juego encontrada en el yacimiento de la Legio IV Macedónica en Herrera de Pisuerga


Si las traemos a colación aquí es sobre todo porque ciertas personas tienden a vincular su origen al entorno del área cantábrica prerromano. En relación a esto basta darse una vuelta por el museo de Burgos para comprobar la abundancia de estos símbolos en las estelas encontradas en el área de Lara de los Infantes y en general en toda el área celtibérica con lo que la afirmación anterior queda a nuestro entender descartada.

Estelas romanas de la zona de Lara de los Infantes. Museo de Burgos.


De hecho, la circunstancia de que buena parte ejemplos encontrados puedan datarse con posterioridad a la conquista, y la abundancia de estos símbolos en el área del mediterráneo ha animado a los investigadores M. Beltrán y Paz Peralta a proponer que la rosácea hexapétala sería en origen un símbolo militar de cronología muy antigua y extendida por el Mediterráneo. Habría llegado a la península de manos de las legiones, pues aparece en contextos similares del limes renano-danubiano. Su uso original no se daría de modo especial en lápidas funerarias, sino que la representación en otro tipo de soportes influiría en el uso de la simbología funeraria. 

Entrada a una casa de Turzo


El aspecto vegetal de este motivo es solo aparente ya que habría que interpretarlo como una alegoría de la luz de los astros, principalmente el sol. Esta roseta ya existía como símbolo en la Edad del Bronce, cuando en todo el continente europeo proliferaron los cultos solares. Se cree que, al igual que los trísqueles, tetrasqueles,… y esvásticas son símbolos utilizados como amuleto benefactor o protector.

Dintel de una casa de Quintanilla de la Mata fechado en 1762. Obsérvese el "lauburu" patrimonializado por el País Vasco

Lo cierto es que ya en época moderna, estos símbolos aparecen con cierta profusión en los elementos constructivos de determinadas áreas del norte burgalés, en especial en el Valle de Sedano, Zamanzas y Manzanedo. La abundancia de esta simbología y el hecho de que coincida con la existente en estelas romanas, facilita la construcción mental de una teoría “plausible”: Se trata de elementos origen prerromano “celta” y los habitantes de estas zonas tan aisladas los han sabido mantener a lo largo de los siglos como seña de identidad.
 
Dintel de una casa de Solarana

Respecto a su origen prerromano hablábamos anteriormente pero, además, ni tan siquiera el uso de este símbolo en elementos constructivos es exclusivo del noroeste de Merindades, puede encontrarse por ejemplo en la zona de Caderechas y en el valle del Arlanza Medio (zonas estas con registros arqueológicos de época romana) y también en otras áreas peninsulares. 

Bandera oficial recientemente creada en el Ayuntamiento de Valle de Zamanzas.

Ya indicábamos que los romanos asociaban este símbolo con un aspecto protector. Con el tiempo, estos modelos, al igual que otros, serían asumidos como propios por el elemento indígena, y empezarían a aparecer por tanto grabados en diversos elementos constructivos, en especial en los vanos de los edificios que son los que se asociaban tradicionalmente con el riesgo de entrada de males inmateriales en las casas.



En opinión de Jesús Borro Fernández, estos símbolos que en ocasiones se combinan con cruces sobre fondos circulares, esvásticas… acabarían siendo trasladados a las creencias cristianas mediante un proceso de sincretismo, de modo que la hexapétala vendría a ser un símbolo simplificado de la Virgen María. Al respecto, llama la atención que en el Monasterio de Villamayor de los Montes exista una hexapétala inscrita sobre el báculo de una antigua abadesa.



Si consideramos la presencia del símbolo de las hexapétalas en estelas protohistóricas y la aparición del mismo símbolo en construcciones relativamente recientes, tenemos una combinación perfecta para determinados enfoques de marketing “étnico”. Y así lo vemos en algunos casos como los que presentamos.

martes, 3 de julio de 2018

Lápidas romanas con referencias a deidades prerromanas en la Provincia de Burgos


En algunos textos se vinculan las referencias epigráficas a deidades prerromanas en inscripciones datadas en periodo romano, como un signo evidente de la resistencia a la romanización de los pueblos cántabros. Un caso emblemático fue el del famoso ara dedicada al dios Erudino, encontrado en el monte Dobra de Torrelavega, que originalmente fue datado en el año 399 dC (lo que apuntaba a una pervivencia muy tardía de estas creencias) y que posteriormente fue reasignado al año 161 dC, para decepción de ciertos colectivos.
Réplica Ara al dios Erundino (foto AFIvuncok)
Lo cierto es que más allá de informaciones e interpretaciones interesadas, este tipo de inscripciones también fueron encontradas en lugares del centro y sur de nuestra provincia, áreas sobre las que se supone una romanización más intensa. Entre otros ejemplos podemos citar los casos del Dios "Aeiodacino", que aparece citado en una estela de Hontangas, "Monitucianae" en Salas de los Infantes o "Tenderiterae" en Hontoria de la Cantera y Covarrubias.

Un caso especialmente llamativo es el de la Diosa "Epona", a la que únicamente se hace mención en tres estelas españolas: Las encontradas en Montes Bernorio (Palencia), Lara de los Infantes y Sigüenza (Guadalajara). Epona o Épona era la diosa celta de los caballos, de la fertilidad y de la naturaleza, asociada con el agua, la curación y la muerte.

Ara de Lara de los Infantes dedicada a la diosa Epona (museo de Burgos)

Fuente:
“Historia de Burgos” VVAA. Edad Antigua (1985)